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Honor a Mozart

La Sinfónica de Córdoba realizó una sutil intepretación de tres obras diversas de la vastísima e inconmensurable obras del genio de Salzburgo.

El programa Mozart que presentó la Orquesta Sinfónica de Córdoba en su presentación de hace algunas horas en el Teatro Municipal, significó un impecable tributo a la obra del genio de Salzburgo, realizado a través de una selección de obras de diversa tesitura dentro de esa vastísima e inconmensurable obra musical.

La apertura con el “Adagio y fuga en do menor para cuerdas” sirvió para ejemplificar claramente la réplica magistral a las formas de la fuga, que Mozart creó a partir de su admiración por la obra de Bach, trabajada sobre la característica superposición de ideas en delicado contrapunto. 

El adagio introductorio, que también sigue el modelo Bach, tiene una gravedad que lo singulariza y que establece también un contraste con el desarrollo posterior, mucho más ligado al tono de las referencias “bachianas” que se dejan oír y en el que las cuerdas desarrollan sutilmente el esquema del continuo. 

Luego fue el momento de la “Sinfonía n.º 35 en re mayor, K. 385, conocida como "Haffner", en referencia al apellido del alcalde de Salzburgo que encargó esta obra a Mozart y que el magistral compositor escribió generando una estructura que la transforma en una de las más destacadas de su producción sinfónica. 

Con protagonismo de los vientos, la obra deriva de un tratamiento similar al de una serenata y tiene un poderoso arranque, marcado “con spirito” para establecer luego un delicado descenso hacia la serenidad expresiva del “andante” y la danzarina secuencia del “minueto” para volver a ascender rítmicamente en el poderoso “presto” final. 

Las líneas de vientos, especialmente los clarinetes, adquieren un gran protagonismo y desde sus notas se perfila esa oscilación emocional que caracteriza toda la pieza y que la batuta de Hadrián Avila Arzuza, dirigió respetando escrupulosamente ese vaivén sensible hasta la explosión del presto final, en forma de rondó, en el que se dejan ver detalles de las secciones fugadas auscultadas en la obra anterior del concierto. 

El final, antes del bello bis con un tango compuesto por un violinista de la Orquesta, se guardó para la reconocible “Sinfonía N° 40 en sol menos, K 550”, una de las pocas que Mozart escribió en modo menor orquestada para una línea melódica imperiosa que apenas hace hincapié en lo rítmico, de allí la ausencia de percusión. 

Estructurada de forma convencional para el período clásico, que se dice fue compuesta en sólo un mes en un período especial de la vida de Mozart, a sólo unos meses de la pérdida de una hija y que impuso en el oído medio una gran familiaridad con el tema principal del primer movimiento, transformado en una de las melodías más reconocibles de la música académica. 

Allí están esas frases iniciales, de protagonismo compartido entre oboe, clarinete y cuerdas imponiendo su delicado tratamiento “piannisimo” que desarrolla un paso de notable fineza hacia el andante posterior, lleno de melancolía, en el que la melodía principal pasa de las violas a los violines, que vuelven a ser protagonistas del impetuoso final del minuetto.

Ese decurso, tratado con mucho cuidado en su desarrollo de notoria delicadeza emotiva por el colombiano que funge como director invitado del excelente elenco cordobés, encontró en las cuerdas un desarrollo de fina textura que le permitió arribar al “allegro assai” del final donde se explora una modulación melódica muy característica en Mozart, y magníficamente trabajada por la orquesta. 

El todo, saludado con ovación por el público, constituyó una interpretación acabada, precisa y sutil de esa selección de distintos períodos de la creación mozartiana, haciendo honor a la inmensidad de la intermianble creación de ese genio incombustible. 

R.S.