Si se propusiera la funcion de Midachi: 35 años, como la base del famoso juego de las siete semejanzas que solían incluir los diarios en sus secciones de humor y divertimento (en algunos caso, por el contrario, se trataba de buscar las diferencias, lo que no cambiaba la cosa), el resultado sería percibir esas semejanzas como una unidad, como un todo: es decir que sería imposible parcelar la detección.
Es cierto que los recursos técnicos establecen una distancia diametral con aquellos inicios en los que tres muchachos transmitían el compinchismo de estudiantina, con una soltura y una simpleza (tómese el término en toda su amplitud semántica) que anticipaba a la vez el éxito (acaso no tan multitudinario como resultó) y la particularidad en la que iba a desagregarse la trayectoria de cada uno en la eventual sucesión de su trabajo en términos de proyectos individuales.
Ricardo Sánchez.
En este nuevo show, vuelven a marcarse estas características (que ellos asumen expresamente hoy por hoy en las entrevistas periodísticas) y la gradación de protagonismo, de un trabajo que muestra que Midachi ni se plantea ser otra cosa que lo que siempre fue: con el desarrollo leve de las tensiones de su humor de juvenilia, con el aprovechamiento central de la vis monologuista de Dady Brieva (que desde aquella primera vez se mostró como el más dúctil, y lo corroboró con los años) con textos cargados de autorreferencia, la zafaduría imitativa de Miguel del Sel, y el acompañamiento simpático, amable y entrañable de Chino Volpato: eso, Midachi, 35 años después, se ufana de ser igual a sí mismo, y de despertar la risa y el aplauso por vía de la de la repetición, eso que quiere el público que lo va a ver.
Ricardo Sánchez.

