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Reverbera el dolor

La estupenda composición de Gerardo Romano sostiene, rayando a gran altura, un soliloquio acerca de la identidad y las locuras que sacuden a la condición humana.

Emanuel Goldfarb entra al salón-biblioteca de su casa en Hamburgo, Alemania. Mientras empieza a despojarse de “las cosas de vivir”, acciona el contestador automático de su teléfono y, entre varios mensajes, escucha el de un profesor de historia de una escuela secundaria que lo invita a asistir a una clase suya: ha estado exponiendo acerca del nazismo y sugiere que a sus alumnos le otorgaría pregnancia acerca de ese discurso “conocer en persona a un judío”.

Estremecido muy íntimamente, entre divertido e indignado (por eso la obra oscila entre detalles de humor y profundos acentos dramáticos) Goldfarb comienza un soliloquio ( apenas entrecortado por algún llamado telefónico y entrecruzado por su decisión de grabar fragmentos de lo que dice), a través del cual argumenta por qué considera que no debe aceptar tan curiosa invitación.

Ese soliloquio, que construye la dramaturgia, se va dejando atravesar por argumentaciones de diverso cuño, que a la vez que expresan un sustrato sentimental imposible de disimular, también desarrolla un discurso racional, que sitúa histórica e individualmente esa pertenencia, y lo que significa, pecho adentro, la historia de un pueblo cuyo dolor se ha instalado en él, un judío común y corriente, como orgullosa identidad pero también como inquietante pesadumbre.

Goldfarb reflexiona sobre los lazos que lo identifican con lo colectivo y en esa reflexión, regurgitada en voz alta, indaga en los recuerdos de una familia (que es también un pueblo) desmembrada por el Holocausto, pero padeciente desde mucho antes. Y desde allí expresa, desbordante, la formación de una subjetividad que va más allá de su persona individual para transformarse en subjetividad colectiva, fruto de una historia que a la vez que emerge como orgullosa expresión de identidad, puede sentirse como una carga.

Por caso, ser judío en Alemania: esa realidad suya disimulada por el diario vivir pero que se sacude a partir del llamado telefónico: la constancia de que, más allá de los discursos políticamente correctos y de la apuesta por la “tolerancia” (esa palabra odiosa que disecciona leyendo lo que significa según el diccionario), significa enfrentarse diariamente con una sociedad que, mientras carga con el peso psicológico de haber sido el causante de ese fenómeno monstruoso que fue el nazismo, sigue viendo a un judío como algo raro, curioso, digno de ser expuesto, por esa razón, ante los ojos de los alumnos de historia de un secundario.

La pieza expresa a través de la magnífica composición de Gerardo Romano, reforzada por una sutil puesta en escena, esa tensión intima que sacude a Goldfarb y lo lleva a desbordarse verbalmente en soledad: esa angustia profunda que se agita frente a la contradicción que supone imaginarse (pretenderse) como un “judío común y corriente”, cuando es parte del “pueblo elegido”, un oxímoron, una contradicción en términos como él mismo dice.

Esa cadencia interrogativa, que se desarrolla a la par de la exposición de los detalles de una pertenencia identitaria en la que se afirma el personaje, le otorga a la obra una riqueza singular: en lugar de arengar, y vaya si hay razones para hacerlo, desde la centralidad del tema de judaísmo, impulsa a una reflexión de sentido universal en torno a las infinitas muestras de locura que, como rémoras culturales, agitan a la historia de la humanidad.

Desde la reverberación de su dolor, seguramente intransferible en su dimensión absoluta a través de las palabras (ese dolor que se abre paso cada vez que mira fotos familiares que aluden inevitablemente a una ausencia registrada #con el nombre de un campo de concentración que la motivó) el Emmanuel Goldfarb que compone magistralmente Gerardo Romano, sacude el árbol de la vida y nos invita a revisar los frutos envenenados que produce por obra de nuestra desviada humanidad. 

Ricardo Sánchez.