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Nada de lo que pensemos y digamos da cuenta de lo que somos, sin la contundencia

La pandemia mostró realidades sociales y laborales existentes al desnudo, sin ropajes ni dobleces. Cambió hábitos y ámbitos de vida para la subsistencia, impensados en la preexistente normalidad.

Sin embargo, pese a esa evidencia, los discursos de solidaridad que animan y predican desde los que más pueden o tienen cierto poder y responsabilidad, parecen aún permanecer en la contradicción práctica de la especulación económico-financiera reinante.

No hay duda alguna de que los trabajadores de la educación, en este contexto excepcional, nos cargamos en las espaldas la continuidad pedagógica, haciendo todo lo posible y a nuestro alcance, con la mayor vocación y profesionalismo que podamos imaginar. Más aún, salvando muchas limitaciones que las desigualdades sociales, materiales, tecnológicas y digitales que se imponen a los estudiantes y a los mismos docentes.

Dispusimos de nuestros domicilios como escuela, de nuestros servicios, de nuestras herramientas tecnológicas, del tiempo y el esfuerzo triplicado que conllevó la continuidad remota (trabajo y capacitación simultánea-jornada sin límite-permanentes demandas de familias e instituciones, etc.) para mantener el “sagrado” o vital vínculo pedagógico.

La solidaridad de inmediato se hizo presente en los trabajadores docentes, para que la escuela siga abierta. Sin embargo, el reconocimiento sigue siendo una deuda que no se completa. Fuimos revalorizados socialmente, en nuestro quehacer educativo y entrega solidaria manifiesta, no así pareciera serlo desde las mismas instituciones educativas privadas.

Se dieron las mejores y buenas intenciones de acompañamiento a la labor realizada, pero que en las acciones para determinadas situaciones quedaron a medio camino, en cuanto a la materialización de una ayuda justa y responsable, y que atendiera a los más desfavorecidos por una realidad de desigualdades y necesidades.

Es así que las exigencias de conectividad, medios disponibles, vínculos y cuestiones de calidad del trabajo brindado que las mismas instituciones privadas insistentemente solicitaban, junto con su prédica humana, precipitara y cayera por tierra en la realidad de las acciones concretas ante reclamos directos o indirectos, manifiestos o en silencio.

Así se expresa una realidad en contexto de carencias y beneficios sin tapujos, como la misma pandemia mostró.

Las escuelas públicas de gestión privada, en un 80 por ciento, reciben todos los meses la subvención provincial en un 100 por ciento de sus docentes; en tiempo de crisis y a cuenta de disminución de pagos de cuotas -a futuro recuperables-, recibieron el gesto solidario del Estado nacional (ATP), que acompañó el 50 por ciento de la cobertura salarial de los trabajadores docentes y no docentes extra-funcionales. Asimismo, fueron eximidas de algunas cargas impositivas y tenían a disposición líneas de créditos a tasa preferencial y de pago diferido, etc.

Además, como beneficio de circunstancias, la situación de aislamiento y de no presencialidad educativa favoreció a las instituciones escolares en cuanto a la no erogación de gastos de funcionamiento.

Realidad

Sin embargo y a pesar de todo ello, la acción solidaria no se trasladó en términos materiales hacia quienes en las desigualdades y con muchas dificultades afrontaron la continuidad pedagógica, los trabajadores docentes. Sea ésta, por omisión o por decisión mezquina se libró la carga al trabajo docente sin más que mediar palabras de buenas intenciones que el poder conlleva y a veces refrenda en lo divino.

Y uno se pregunta y piensa, ¿qué es la solidaridad?, ¿qué es ser solidario?

¿Es justo y ético que la solidaridad de los colegios privados sea una intención casi contemplativa…?

¿Tan poco valemos ¿Tan poco importamos?

Nos piden trabajo a cambio de sacrificio, pérdida de salario y salud…!!!

Nos piden calidad educativa sin condiciones laborales y en la desigualdad socio-laboral.

Nos piden, en definitiva, aceptar, resignar derechos y dignidad.

Decimos y sostenemos: No hay mejor escuela sin empatía. No hay mejor educación sin ejemplo, como tampoco hay mejor sociedad sin responsabilidad y verdadera solidaridad.

Luchamos y defendemos una educación autónoma, integral e inclusiva, sobre la base de los derechos humanos, los derechos del trabajo y la vida digna. Un trabajo digno y saludable. Una educación por, para y con la democracia. La escuela como lugar de trabajo y de participación, de encuentro y de realización humana.

Hoy, una oportunidad, una posibilidad de convertirnos en lo que no somos, una sociedad mejor. Mirar y volver a mirar, mirarnos y volver a mirarnos en lo que decimos y hacemos con lo que otros hacen de nosotros. ¿Ser una repetición inauténtica y mecánica que se fagocita en sus recurrentes rutinas o ser una única y auténtica originalidad que se arriesga a una posible transformación?