“El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. (“Proverbios y cantares”. Antonio Machado)
De ver La resiliencia, (cantata de los “perejiles”) no se sale de rositas, todo hay que decirlo. No es difícil imaginar instantes de profundo desasogiego en el proceso de escritura de Hernesto Mussano, e incluso después, durante la preparación de la puesta en escena.
Lo que se juega en la pieza roza el desconsuelo, porque hunde la razón en el terreno del desquicio, allí donde nuestro ‘estar en el mundo’ parece una pendiente irreversible, atrapado en una maquinaria cuyos engranajes sólo se lubrifican con el sojuzgamiento.
Al elegir la palabra “cantata” para su título, Mussano no hace una referencia casual: “La resiliencia…” es como una pieza musical escrita para una o más voces solistas con acompañamiento musical, presentada en varios movimientos.
Para desarrollarla, el autor utiliza varios instrumentos, partiendo de la voz narradora de un presentador un pelín cínico (al que da vida irónicamente Pachi Falcatti, una criatura de escenario) que se entrelaza con los decires de otras voces, inerciales.
Esas voces que se solapan y acumulan, introducen a la segmentación y definen esa “kermese posapocalíptica” que escenográficamente toma la forma de un espectáculo de feria, con varios quiosquitos todos ellos esperpénticos.
Allí parece suceder un aquelarre: no casualmente el personaje al que da vida la inefable Susú Abella (dueña de una presencia escénica rara por su tremenda potencia expresiva, que se impone al ejercicio actoral clásico) es algo así como una bruja que profetiza todos los males.
Claro que su imagen, y sus profecías, y su voz, oscuras todas ellas, tiene la oposición repitente de la imagen blanca, expresamente virginal en alguna secuencia, de esa especie de ángel (acaso caído ¿pero con alas aún?) que personifica sutilmente María Gatica.
Ellos (el narrador irónico, la voz oracular cuyas constantes referencias a Antígona parecen susurrar la inutilidad de toda rebeldía, y la personificación de la blancura que presume cierta inocencia) se expresan en un presente arrasado, en medio de un caos en el que cuesta la resiliente.
Dentro de un panóptico
Todos ellos están atrapados en el interior de un panóptico (que el diseño de Juani Robledo sugiere como una cueva), donde viven obsesivamente vigilados por un Gran Ojo: Mussano rediseña así, artísticamente, la forma de una cárcel que no necesita de rejas, aun cuando estas subsistan, expresamente, en la vida cotidiana
En la cárcel de este tiempo teatral (dramático) de tierra arrasada que es “La resiliencia...”, los culpables viven en libertad (como dice la carta que lee Rosa Arias), y los prisioneros (como subraya el preso Abraham Rojas Zambelo) se resignan a serlo para siempre.
Si, como escribía Antonio Machado en sus “Proverbios y cantares”: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”, esa mirada deviene, dentro de la pieza de Mussano y el grupo “Por el deseo”, en la reproducción, espejada, de una pesadilla.
Hacer colectiva esa angustia, auspiciando la capacidad psicológica de la criatura humana para “sobreponerse al dolor emocional y a las situaciones adversas”, a través de una estética particular que supere el subjetivismo, parece ser la necesidad, el grito ofendido y desesperado que emite de la obra.
A pesar de ser la expresión desbocada de una náusea, que se ejecuta desde el interior mismo de la turbamulta y a través de la yuxtaposición de recursos expresivos, con un acento corrosivo y desangelado, “La resiliencia, (cantata de los “perejiles”) no enuncia, sin embargo, una perspectiva existencialista.
Porque, aún en el interior de esa kermese posapocalíptica en la que la criatura humana puede tomar la apariencia de una res (quienes vean la obra entenderán la mención de esa figura), criaturas encerradas y conducidas por un corredor estrecho hacia la muerte, siempre habrá un gesto posible para morir “de rabia o de ternura... o de algún violento amor; de amor... sin duda”.
Ricardo Sánchez
Lo que se juega en la pieza roza el desconsuelo, porque hunde la razón en el terreno del desquicio, allí donde nuestro ‘estar en el mundo’ parece una pendiente irreversible, atrapado en una maquinaria cuyos engranajes sólo se lubrifican con el sojuzgamiento.
Al elegir la palabra “cantata” para su título, Mussano no hace una referencia casual: “La resiliencia…” es como una pieza musical escrita para una o más voces solistas con acompañamiento musical, presentada en varios movimientos.
Para desarrollarla, el autor utiliza varios instrumentos, partiendo de la voz narradora de un presentador un pelín cínico (al que da vida irónicamente Pachi Falcatti, una criatura de escenario) que se entrelaza con los decires de otras voces, inerciales.
Esas voces que se solapan y acumulan, introducen a la segmentación y definen esa “kermese posapocalíptica” que escenográficamente toma la forma de un espectáculo de feria, con varios quiosquitos todos ellos esperpénticos.
Allí parece suceder un aquelarre: no casualmente el personaje al que da vida la inefable Susú Abella (dueña de una presencia escénica rara por su tremenda potencia expresiva, que se impone al ejercicio actoral clásico) es algo así como una bruja que profetiza todos los males.
Ellos (el narrador irónico, la voz oracular cuyas constantes referencias a Antígona parecen susurrar la inutilidad de toda rebeldía, y la personificación de la blancura que presume cierta inocencia) se expresan en un presente arrasado, en medio de un caos en el que cuesta la resiliente.
Dentro de un panóptico
Todos ellos están atrapados en el interior de un panóptico (que el diseño de Juani Robledo sugiere como una cueva), donde viven obsesivamente vigilados por un Gran Ojo: Mussano rediseña así, artísticamente, la forma de una cárcel que no necesita de rejas, aun cuando estas subsistan, expresamente, en la vida cotidiana
En la cárcel de este tiempo teatral (dramático) de tierra arrasada que es “La resiliencia...”, los culpables viven en libertad (como dice la carta que lee Rosa Arias), y los prisioneros (como subraya el preso Abraham Rojas Zambelo) se resignan a serlo para siempre.
Si, como escribía Antonio Machado en sus “Proverbios y cantares”: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”, esa mirada deviene, dentro de la pieza de Mussano y el grupo “Por el deseo”, en la reproducción, espejada, de una pesadilla.
Hacer colectiva esa angustia, auspiciando la capacidad psicológica de la criatura humana para “sobreponerse al dolor emocional y a las situaciones adversas”, a través de una estética particular que supere el subjetivismo, parece ser la necesidad, el grito ofendido y desesperado que emite de la obra.
A pesar de ser la expresión desbocada de una náusea, que se ejecuta desde el interior mismo de la turbamulta y a través de la yuxtaposición de recursos expresivos, con un acento corrosivo y desangelado, “La resiliencia, (cantata de los “perejiles”) no enuncia, sin embargo, una perspectiva existencialista.
Porque, aún en el interior de esa kermese posapocalíptica en la que la criatura humana puede tomar la apariencia de una res (quienes vean la obra entenderán la mención de esa figura), criaturas encerradas y conducidas por un corredor estrecho hacia la muerte, siempre habrá un gesto posible para morir “de rabia o de ternura... o de algún violento amor; de amor... sin duda”.
Ricardo Sánchez

