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El desaliento de un contagio

Que Alberto Fernández tenga Covid, a pesar de haber recibido las dos dosis de la Sputnik, agrega incertidumbre en el momento menos oportuno, justo cuando la campaña de vacunación estaba tomando vuelo. El Gobierno encadena noticias negativas

Alberto Fernández podría pararse, alzar los ojos al cielo, elevar el dedo índice y gritar, como un goleador caído en desgracia: “Una te pido, sólo una”.

Si algo no necesitaba el Presidente es que a la suma de estragos que azotan a su gobierno se agregara su propio contagio con Covid-19, que fue confirmado en las últimas horas y que se ha transformado inmediatamente en una contrariedad política y, sobre todo, publicitaria. Pero no por el hecho en sí de que Fernández haya contraído el virus sino porque la noticia volverá a instalar, inevitablemente, dudas sobre la efectividad de la campaña de vacunación que está en marcha. El Presidente recibió las dos dosis de la Sputnik V y aun así se contagió. En ese punto hará hincapié la oposición, por supuesto, sobre todo los sectores más radicalizados de Juntos por el Cambio, y una discusión que parecía ya saldada se reavivará.

Los especialistas venían remarcando que la vacuna no es una garantía absoluta en lo referido al contagio, aunque sí lo es en cuanto a la probabilidad de muerte. Sin embargo, para el Gobierno es otro episodio que lo desencaja, lo saca de eje y lo pone en el plano de las explicaciones en vez de la iniciativa. Justo cuando la campaña de vacunación parecía estar tomando velocidad, después de carretear cansinamente, y cuando hay expectativas de que el ritmo se acelere aún más con la llegada de millones de dosis previstas para abril y mayo. El contagio del Presidente provoca desaliento en el momento en que la segunda ola va formándose, amenazante, y la gente necesita de algún elemento del que agarrarse para no caer en el convencimiento de que los meses más angustiantes de 2020 podrían repetirse, e incluso ser peores, con las consecuencias sanitarias, económicas y sociales que ese cuadro provocaría.

El gobierno de Fernández acumula semanas que van formando un sedimento de negatividad. Al aumento del desempleo hay que incorporarle un índice que no por esperado causa menos estupor:42 de cada 100 argentinos son pobres. Hay 19,2 millones de personas, en un país que al menos discursivamente se jacta de su riqueza, que no llegan a cubrir la canasta básica de alimentos y servicios. Y, entre ellas, 4,5 millones están aún más abajo, más asfixiados, porque sus ingresos ni siquiera les alcanzan para comprar alimentos. Ni hablar de servicios, de ropa o educación. No pueden cubrir el aspecto más elemental ya no para una persona sino para un ser vivo: comer.

Esas cifras, que acaban de conocerse, ya quedaron desactualizadas. Sólo hay que seguir con la vista la veloz marcha de la inflación y compararla con el moroso desplazamiento de los sueldos para concluir que hoy los pobres son más que los que eran a fines de 2020. Sólo un dato:entre enero del año pasado y enero de 2021, según datos oficiales, los salarios crecieron el 29,6% en promedio, contra el 38,5% de los precios.

El contagio de Alberto es otro episodio que desencaja al Gobierno, lo saca de eje y lo pone en el plano de las explicaciones.

Una derrota por 9 puntos y la consecuente caída de más familias en la pobreza. Son las que estaban con el agua al cuello y ahora se hundieron. Dentro de ese universo hay nuevos pobres, gente que no se autoincluye en esa categoría, que no asume su condición pero que la padece cuando debe pagar la luz, ir al súper o comprarles zapatillas a los chicos.

Todos los meses un poco menos.

El Gobierno está aquejado no sólo por el presente, sino también por las perspectivas. Desde que asumió, en la lejana era de diciembre de 2019, casi no ha podido dar noticias alentadoras. Ahora aliviará a 1.270.000 asalariados que pagan Ganancias pero tuvo la enorme y asombrosa gentileza de cederle el anuncio y el rédito a Sergio Massa.

Pero los 19 millones de pobres no pagan Ganancias, tampoco los 3,2 millones que eran de clase media y ya no lo son.

La devastación que provocó la pandemia es, por supuesto, una explicación pertinente. Pero sólo parcialmente. El Gobierno adiciona sus propias incapacidades para transformar la realidad en un sentido positivo.

El comportamiento de la inflación parece inmune a los remedios ideados por el Ministerio de Economía. Los precios ascendieron el 7,8 por ciento en sólo dos meses y se encaminan a sumar otro 4,2 por ciento en marzo. Un trimestre para el olvido: 12 por ciento, el 41 por ciento de la pauta anual en sólo 90 días. El deterioro de la situación social es un proceso que no encuentra contención.

En ese contexto, además, por si no fuera suficiente, asoma la fecha de las elecciones ¿Puede salir bien parado de las legislativas un oficialismo que elevó en más de 7 puntos la pobreza que había dejado un presidente incapaz e insensible como Mauricio Macri, que comulga con un modelo que contempla sueldos ínfimos?

En la Casa Rosada parecen ser conscientes de que van directo hacia un revés electoral, que sólo podría verse atenuado por las propias internas de Juntos por el Cambio, que no ha resuelto la herencia de Macri, entre otras cuestiones porque el propio Macri se niega a darse por muerto. Su deseo de permanencia y el recuerdo de su gobierno podrían actuar en favor de la gestión actual.

El Frente de Todos está intentando retrasar un mes la fecha de las Paso y de las legislativas, un tiempo exiguo ante la inmensidad de complicaciones que tiene ante sí;sin embargo, parece convencido de que un mes le dará un respiro al menos desde lo sanitario porque en septiembre hace menos frío que en agosto y los contagios podrían descender.

Cada decisión política va aplazándose hasta tanto se definan las fechas y se esclarezca el panorama sanitario. La magnitud de la crisis provoca también posicionamientos que ya contemplan lo electoral. La actitud del schiarettismo, por ejemplo, que ahora descarta las chances de ir en alianza con el Frente de Todos, principalmente porque implicaría una autoerosión de su capital político, guarda relación con el momento de Alberto. La debilidad presidencial afecta los posibles alineamientos.

Río Cuarto, una zona rica, ostenta números que no dan para el orgullo. Casi 70 mil personas son pobres y 15.639 no tienen ni siquiera para comer.

La coyuntura del país -con casi la mitad de su gente en la pobreza, la inflación que no cesa y una pandemia que no remite- también está arrastrando a los gobiernos provinciales y municipales.

Río Cuarto, zona de enorme riqueza agropecuaria, ostenta números que no dan para el orgullo. Casi 70 mil personas son pobres y 15.639 no tienen para comer. En el último año, 17.513 personas pasaron a no poder cubrir una canasta básica de alimentos y servicios.

Ante ese cuadro, en el gobierno municipal definieron dos prioridades fundamentales:contener la crisis social para evitar cualquier complicación en ese plano y optimizar el operativo de vacunación para inmunizar a los grupos de riesgo a medida que las dosis vayan llegando.

Ya arribaron 1.800 vacunas en las últimas horas y está previsto que en el primer tramo de la próxima semana lleguen 3.500 más. Con esas 5.300, se incrementaría en un 30% la cantidad de riocuartenses vacunados.

La agenda aparece casi monopolizada por esas dos calamidades. Pandemia y pobreza.