Opinión | Alberto Fernández | Juan Schiaretti | Horacio Rodríguez Larreta

Ni porteños ni voto castigo

El estado de situación del gobierno nacional tiene efecto directo en Córdoba. En la provincia, la crisis alimenta el antikirchnerismo y fuerza a Schiaretti a una mayor confrontación con Juntos por el Cambio. Campaña contra Buenos Aires y el voto bronca

Al gobierno de Alberto Fernández lo atraviesa una doble inconsistencia:no está siendo capaz de dominar la crisis económica, que tiene como exponentes más visibles por estas horas la inflación y la tensión cambiaria, y tampoco ha mostrado la capacidad de encarar una campaña electoral que genere expectativas y lo postule como un actor capaz, aun en medio de las dificultades, de encontrarle una salida a esa crisis.

Sus limitaciones, entonces, no son sólo técnicas sino fundamentalmente políticas.

En 2019, en medio de un desastre económico y después de una paliza electoral, la campaña de Mauricio Macri tuvo una virtud:construyó una épica en la derrota. Unificó el discurso, la conducción, salió a las plazas, se mostró con gente, se envalentonó, hizo todo lo que normalmente podía esperarse del peronismo y, si bien no le alcanzó, al menos redujo la enorme diferencia de 16 puntos a la mitad. Pero, sobre todo, consiguió que Juntos por el Cambio saliera de esa instancia como una fuerza política viva.

El Frente de Todos eligió el camino contrario. Ha caído en la antiépica. El 12 de septiembre parece no haber reconocido solamente una derrota sino dos: la de ese día y la del 14 de noviembre.

La campaña es un desconcierto. Y ofrece episodios inverosímiles como la convocatoria para festejar el 17 de octubre, que terminó con miles de personas en la Plaza pero sin nadie del gobierno en el palco. Fueron a escuchar y ninguno de los líderes les habló, lo que despojó al acto de gran parte de su sentido. Parecía un casamiento al que faltaron los novios.

El politólogo Gustavo Marangoni usa una metáfora futbolera para graficar el estado del gobierno. Dijo, en una entrevista, que Macri perdió de local cuando el poder financiero le dio la espalda y le avisó que no pensaba prestarle un dólar más. Y que la gestión de Fernández también está perdiendo de local porque es un peronismo que no sabe manejar el poder, que está contrariando esa imagen arraigada de la política argentina que dice que si hay una fuerza capaz de comprender la mecánica del poder, su lógica y sus instrumentos, es el peronismo.

Sobre la base de ese diagnóstico, se torna aún más complejo que la gestión nacional pueda obtener resultados de acciones que requieren fundamentalmente de poder político. Por ejemplo, el control de precios. La imagen de ayer de militantes kirchneristas de provincia de Buenos Aires recorriendo las góndolas papel en mano revela la precariedad de la política económica. ¿Así se enfrentan las complejas variables de la coyuntura argentina? ¿Con unos chicos que salen a ver si el aceite o el arroz están a los precios que definió Roberto Feletti? ¿Esa es la forma que se les ocurrió, y que ya fracasó en innumerables ocasiones, para hacer que las familias recuperen su devastado poder adquisitivo?

Como política económica es rudimentaria;como estrategia electoral es, como mínimo, de dudosa efectividad.

A la campaña le quedan apenas tres semanas y el envión que debió ensayar el oficialismo no aparece. Y hasta las figuras de recambio a las que echó mano están quedando encerradas en la misma bruma que afecta al gobierno. La estrella de Juan Manzur parece haber durado un par de semanas; después de su hiperactividad de los primeros días ha ido opacándose en un contexto de descoordinación política y funcional que lo trasciende.

En el territorio, militantes y dirigentes kirchneristas están golpeados por la frustración y la comprobación de que la campaña vaga sin rumbo.

En Córdoba, meca del antikirchnerismo, se ha producido una situación inédita. Un oficialismo nacional puede estar más o menos golpeado, tener más o menos argumentos, estar eficientemente organizado o no tanto; lo que no puede hacer es abandonar el territorio donde se produce la disputa. Y, en Córdoba, parece haberlo abandonado.

La endeblez estructural del gobierno de Fernández tiene efectos directos en Córdoba. Y uno de los principales afectados es el gobernador Juan Schiaretti.

El deterioro del Frente de Todos como opción electoral y la incapacidad para resolver la crisis, alimentan el antikirchnerismo y, por lo tanto, fogonean la alternativa del voto castigo. Y el camino más cercano para ejercer el voto castigo, cuando la materia en cuestión es la política nacional, es Juntos por el Cambio, no el peronismo cordobés. Hay que hacer un recorrido más largo para llegar hasta Hacemos por Córdoba.

Por eso, tanto el gobernador como los candidatos y los legisladores del PJ provincial han salido en los últimos días a decirle a la gente que no caiga en el voto castigo, que no sirve porque sólo es un repudio en vez de un apoyo a una postura política.

La casi desaparición del Frente de Todos ha dejado a Schiaretti en un escenario mano a mano con Juntos por el Cambio. Y esa situación lo obliga a un enorme esfuerzo territorial pero sobre todo discursivo.

Hacemos por Córdoba es la fuerza que más empeño argumental está mostrando. Entre sus rivales, el kirchnerismo no ejerce su defensa a través de funcionarios o candidatos, mientras que Luis Juez y Rodrigo de Loredo, de Juntos por el Cambio, navegan cómodamente sobre la ola del antikirchnerismo. “No tenemos ni que hacer campaña;nuestra mejor campaña es el gobierno nacional”, se sinceró hace unos días el intendente de Río Tercero, Marcos Ferrer, jefe del operativo opositor. La innovación más evidente de esa fuerza en la provincia no es argumentativa ni publicitaria sino puramente gestual:ahora los candidatos se sacan fotos mostrando seis dedos, el número de diputados que esperan sacar en Córdoba.

Como consecuencia, Schiaretti está obligado a hacer un doble ejercicio:cuestionar al gobierno nacional como una reafirmación de su antikirchnerismo pero, sobre todo, tratar de erosionar a Juntos por el Cambio, en la medida de lo posible. De ahí su abandono de la moderación en los últimos días: martilló sobre “los porteños que vienen a decirnos lo que tenemos que hacer”, en alusión a Horacio Rodríguez Larreta, y relegó a los candidatos cordobeses del ex-Cambiemos a apéndices de Buenos Aires que sólo recibirán instrucciones sobre qué votar y qué no.

El gobernador necesita que esa revisitada confrontación entre porteños y cordobeses se convierta en una grieta que pueda colarse como protagonista en la campaña. En los actos alienta la bronca que puede desatar el hecho de que Buenos Aires acceda a servicios de costos irrisorios que son financiados con las retenciones cordobesas.

Schiaretti apunta a quedarse con la mayor porción posible de antikirchnerismo para evitar que Juez y De Loredo monopolicen la representación de ese electorado que, en Córdoba, es amplísimo. La principal complicación para la campaña del PJ cordobés es que debe introducir esos argumentos y forzar su asimilación en un contexto en el que la discusión parece estar instalada en otro plano.

Hacemos por Córdoba no sólo está incrementando su intensidad discursiva sino que paralelamente ajusta su despliegue territorial. La semana pasada hubo un encuentro que encabezaron el diputado Carlos Gutiérrez y el intendente Juan Manuel Llamosas para coordinar el tramo final de la campaña.

A la vez, la gestión municipal aspira, por un lado, a elevar el caudal electoral que consiguió en un bastión históricamente peronista como barrio Alberdi y, a la vez, asumió que debe intentar recuperar una relación que se resquebrajó en las últimas dos elecciones:el justicialismo perdió por paliza en los sectores de clase media. Por eso, hubo anuncios centrados en la producción, las inversiones y el desarrollo tecnológico.

El peronismo pretende reconstituir sus alianzas para esta elección pero, fundamentalmente, para las que vienen.