Opinión | Alberto Fernández | Río Cuarto | Juan Schiaretti

Una elección sin diplomacia

La situación de Río Cuarto fue analizada por Fernández y Schiaretti, que decidieron no someterla a una nueva cuarentena estricta justo cuando ingresa en período de campaña

Alberto Fernández volvió a sí mismo, a las exposiciones en que ponía el cuerpo, echaba mano a las filminas y comunicaba cómo seguiría desde ese momento la cuarentena en todo el país. Había abandonado esa metodología, asesorado por sus especialistas en comunicación, quienes entendían que una extensión tras otra del aislamiento no hacía más que socavar la figura del Presidente.

Y, además, no apareció para proclamar el ansiado fin de las restricciones sino para transmitir que, de ahora en adelante, serán más rígidas en 18 provincias. Otro período más, otros eternos 14 días. No es, precisamente, un anuncio cargado de optimismo, redituable políticamente. Sin embargo, lo que buscó Fernández con la recuperación de las formas originarias fue reconstituir su liderazgo, después de semanas en las que se instaló la idea de que el mando se había trasladado desde la Quinta de Olivos al Instituto Patria. En esta ocasión, para el Presidente era preferible exteriorizar una medida odiosa y costosa políticamente pero que le permitiera atraer otra vez las miradas hacia su figura y tratar de instalar al menos la sensación de que el manejo de la crisis está en sus manos y no en las de Cristina.

No lo hizo solo sino acompañado por gobernadores, presencial o virtualmente, que se habían reunido con él un día antes durante cinco horas para delinear cómo seguía la estrategia sanitaria en ese gran territorio que había estado desenfocado para el Gobierno, siempre concentrado casi exclusivamente en el AMBA, y hacia el que se trasladó el coronavirus y su carga de contagios y de muertes.

El liderazgo de Alberto viene siendo puesto en cuestión por varios factores -la crisis sanitaria que no se repliega sino todo lo contrario, el frente económico que se complica cada vez más y llevó al dólar a niveles de delirio- pero sobre todo por los episodios y las versiones que lo mostraron ya supeditado a la voluntad, la visión y las obsesiones de Cristina, entre ellas, principalmente, la Justicia.

Hay que dejar correr la película antes de sacar conclusiones, pero tal vez el hecho de que Alberto se haya recostado por estos días en los gobernadores no es casual sino una estrategia de construcción política propia. Ese es el esquema en el que siempre pensó el gobierno de Juan Schiaretti y el que ansió desde un primer momento porque entendía y entiende que, en algún momento, el Presidente deberá necesariamente erigir un poder propio, no excluido del de Cristina pero menos atado a él, y que sus socios naturales deben ser los gobernadores peronistas.

Fernández y Schiaretti hablaron el jueves y centraron su charla principalmente en la estrategia sanitaria. A Córdoba, como fue anunciado ayer, le urgía dar unos pasos para atrás y restringir la circulación para evitar el riesgo de colapso. La ocupación de las camas críticas ya está en el 79,8% y no ha parado de crecer en los últimos días. Si la curva seguía por la misma senda, en menos de un mes la provincia se hubiera quedado sin camas críticas.

Fernández y Schiaretti compartieron el costo del retroceso, lo justificaron los dos. El gobernador venía resistiéndose a cualquier movimiento en ese sentido pero, finalmente, actuó en consonancia con la gravedad que ha ido adquiriendo la realidad epidemiológica.

Según señalaron desde la Provincia, en la conversación entre los dos gobernantes apareció Río Cuarto, la capital alterna de la provincia y una de las que ahora tiene el país, y que presenta la particularidad de poner en juego, en plena pandemia y en el período más tensionante de la provincia, nada más y nada menos que el poder municipal. La decisión fue que la ciudad no fuera incluida entre las restricciones más severas sino en la leve limitación de la circulación después de las 20.

Porque no sólo Llamosas necesita que el peronismo gane Río Cuarto; Fernández y Schiaretti también. Por eso, sus gestiones jugarán a fondo en la ciudad en el proceso electoral que formalmente comienza este martes.

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Entre tanta incertidumbre, los dos partidos mayoritarios, el PJ y la UCR, parecen haber construido un principio de certeza: Río Cuarto, después de dos suspensiones, debería votar el 29 de noviembre. El oficialismo porque cree que trasponer ese límite sería riesgoso; el radicalismo y el Pro porque consideran que ahora sí están competitivos y que llevar las elecciones al año próximo puede ser demasiado aventurado.

De todos modos, no es tan sencillo. Río Cuarto entrará de lleno en su campaña electoral justo cuando la provincia, según advirtió el Ministerio de Salud, se encuentra inmersa en un ascenso de casos y en sus 60 días más críticos. Esos dos movimientos contrapuestos hacen que hoy, a la luz de lo que ocurrió en dos ocasiones, el escenario sea una incógnita.

En el oficialismo aseguran que harán hasta lo imposible para que la ciudad vaya a las urnas el último domingo de noviembre; ya puso en marcha su maquinaria electoral y envió a los militantes a dedicarse a la campaña. En el PJ admiten que el panorama no es el que era en marzo pero aseguran que llevan ventaja. Y que si en marzo se palpitaba una campaña previsible y de final abultado, la actual será con el cuchillo entre los dientes y con pierna fuerte si es necesario para ganar.

En Juntos por Río Cuarto también hay movimientos. Después de la desangelada y errática agencia publicitaria que se hizo notoria en la ciudad por sus desaciertos, la oposición contrató a una empresa mendocina que viene de idear las campañas de los candidatos radicales que llegaron a la gobernación, entre ellos Alfredo Cornejo.

Abrile inauguró la campaña con críticas directas no sólo a la gestión de Llamosas sino a su liderazgo. Y hasta ensayó un intento de nacionalización para que quienes pretendan castigar otra vez al kirchnerismo vean en el 29 de noviembre una oportunidad.

En ese sentido, los dos principales candidatos trazan un eje hacia Buenos Aires. Pero en direcciones contrarias. Abrile lo hace de abajo hacia arriba, como si la elección a intendente fuera la posibilidad de hacer oír el repudio desde la ciudad a la Nación. Llamosas, de arriba hacia abajo; con el argumento de que, en una crisis tan destemplada y unánime como la actual, es altamente sensato que Buenos Aires, Córdoba y Río Cuarto se encuentren en la misma línea y que la ciudad no se aventure a cambiar para quedar a la intemperie.