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Los poco reconocidos beneficios de vivir en la Argentina y no en Suecia

No deja de ser paradójico, tratándose del primer presidente que se hace fotografiar abrazado a una guitarra criolla, pero con todo lo querido que es Alberto (así lo dicen las encuestas que en la Argentina, como es bien sabido, nunca se equivocan), no falta quien lo ve algo apagado, como si le faltara swing y un poco de pimienta en sus apariciones públicas. Y en efecto, uno no lo imagina entusiasmando a multitudes con un “¡Felices Pascuas!” o un “¡Qué lindo que es dar buenas noticias!”, anunciando prodigios tan realistas como viajes a Japón de dos horas vía estratósfera o un venturoso segundo semestre, sobándonos el lomo con “los argentinos estamos condenados al éxito”, desafiando a los poderes fácticos con un “¿qué te pasa Clarín, estás nerviosho?”, bajando la pobreza al cuatro por ciento para humillación de los alemanes o creando un millón de empleos en siete días de Presidencia (ésta seguro que se la habían olvidado, como a todos los logros de aquella memorable gestión). Pero le queda, eso sí, como a todo buen profesor, el espíritu didáctico. No habremos aprendido algo tan revolucionario como que Borges escribió novelas, que la diabetes es una enfermedad de ricos o que lo que nos parecía una malaria de aquellas era en realidad “un crecimiento invisible”, pero el viernes nos enteramos de algo que no hubiéramos imaginado ni en el más atrevido de los delirios: ¡Lo peor que nos puede pasar a los argentinos es convertirnos en Suecia!

¿Ha visto? Uno que estaba obnubilado por el estereotipo de la sociedad perfecta donde todas las necesidades del ciudadano están cubiertas, donde el respeto mutuo y el que se profesa por las leyes y las convenciones son absolutos y lo peor que te puede pasar es quedarte dormido por el embole y no despertar jamás, viene a enterarse de que el coronavirus expuso a ese modelo supuestamente impoluto como lo que es: una porquería, puro cartón pintado, donde la plata importa más que la salud y la vida de la gente. Parece que cuando venía la pandemia, las autoridades pensaron: “Bueno, para que se cumplan los dos metros de distanciamiento social nosotros deberíamos ordenarles a los suecos que se acerquen”, y entonces, culpa de ese agrande, tienen más muertos que los noruegos, que en cambio fueron prudentes y juiciosos como nosotros.

Se nos ocurre que no es casualidad, sino que Alberto estaba avisado de la hipocresía sueca, seguramente a partir de la amarga experiencia vivida en los albores de aquella dorada época en que codo a codo con Néstor empezaron a reconstruir un país devastado. Por entonces, mientras Julio De Vido y José López hacían los primeros palotes de lo que sería el más ambicioso plan de infraestructura de la historia, mientras Ricardo Jaime distribuía juiciosamente los subsidios al transporte, y el intercambio comercial con el exterior estaba a punto de experimentar un formidable impulso con la importación e inmediata exportación de efedrina, el caso Skanska vino a poner una piedra en el zapato. La admisión de un puñado de directivos de la empresa sueca de que habían pagado coimas para ganar la licitación de un gasoducto puso en marcha un escándalo gracias a las distorsiones de los medios, a pesar de que claramente se trataba de un caso de corrupción entre privados. Ahí se vio cómo las prácticas mafiosas de estos nórdicos mosquitas muertas corrompieron a los empresarios argentinos, poco duchos en estas cosas, y los funcionarios, entretenidos como estaban en sacar al país del pozo, se les pasó por alto. Decí que la Justicia de entonces dejó en claro que la confesión de un coimero de ninguna manera significa que haya existido una coima, lástima que después vino el lawfare y embrolló todo de nuevo.

Pero volviendo a la memorable aparición del viernes, Alberto no solo dejó en claro qué es lo peor que le puede pasar a la Argentina, ese infausto destino sueco, sino también lo opuesto: “Lo mejor que le pasó a Argentina fue tener a Ginés González García de ministro”. Un justo reconocimiento que además echa luz sobre un aspecto de la estrategia oficial contra la pandemia que acaso se nos había pasado por alto, y que ahora se nos exhibe en toda su luminosa astucia. O sea que cuando Ginés se mostró escéptico con respecto a las posibilidades de que el coronavirus llegara al país, cuando dijo que parecía no tener tanta capacidad de contagio como otros virus que anduvieron dando vueltas por ahí en los últimos años, y cuando proclamó que su verdadera preocupación era el dengue, no el coronavirus (declaraciones de enero y febrero), no era que se encontrara desinformado o que tuviera confundidas las prioridades, sino que se estaba haciendo el tonto para que el coronavirus se confiara y desembarcara en la Argentina con la guardia baja, cosa de tomarlo por sorpresa.

Ahora bien, sin ánimo de cuestionar los méritos del ministro con el que somos tan afortunados de contar, justo es reconocer que la singular combinación de astucia y clarividencia puesta de manifiesto en los momentos iniciales de la pandemia no le corresponde con exclusividad, y que, nobleza obliga, en el mundo hay muchos líderes que lo superan tanto en la contundencia de las definiciones como en su continuidad en el tiempo. La competencia es ardua, pero sería injusto no comenzar por Donald Trump, que aseguró que tenía todo controlado el 22 de enero, garantizó en marzo que para Pascuas el coronavirus ya habría sido barrido de la faz de su vigoroso país, y ni siquiera hace falta que volvamos a hablar de su aporte en términos terapéuticos, la inyección de lavandina o de rayos ultravioletas, si es que la epidemia se le llega a ir de las manos. Es sorprendente que solamente la mitad de los Estados Unidos crea que está manejando la crisis bastante bien, debe de ser por esas noticias falsas de los medios que le juegan en contra.

Donald no está solo, claro está. Del “Es apenas una pequeña gripe o resfriado” de febrero pasamos al tranquilizador “el brasileño no se infecta porque nada en las alcantarillas” de marzo, definiciones que colocaron al de Jair Bolsonaro como uno de los más lúcidos liderazgos latinoamericanos de la crisis, más allá de la durísima competencia con Nicolás Maduro y su pócima inmunizadora de hierbas naturales, miel y jugo de limón. El mexicano López Obrador también aportaba lo suyo, cuando también en marzo y con el Covid-19 ya bien instalado en su país aconsejaba a sus compatriotas llevar a sus familias a los restaurantes y a las fondas, y les decía que se quedaran tranquilos, que ya les iba a avisar si hacía falta un cambio de planes. Y no pasemos por alto la convocatoria a marchar contra el coronavirus, multitudinariamente como corresponde, del nicaragüense Daniel Ortega.

Finalmente, sin olvidar al inglés Boris Johnson, de quien no encontramos ninguna cita pero con eso de darles las manos a contagiados en hospitales hasta contagiarse él mismo demostró que es hombre de acción y no de palabras, queremos dedicar una sección a aquellos líderes mundiales injustamente relegados por pertenecer a la periferia, pero que no obstante han demostrado condiciones para hacer frente al desafío similares a las de sus colegas más famosos. Aquí va una selección:

“El coronavirus es la obra de Dios para castigar a los países que nos han impuesto sanciones” (Emmerson Mnangagwa, presidente de Zimbabue).

“Es culpa de Donald Trump y de la legalización del matrimonio homosexual en todo el mundo” (Muqtada al-Sadr, principal clérigo chiíta de Irak).

“No hay virus aquí. No los has visto volar, ¿verdad?” (Alexander Lukashenko, presidente de Bielorrusia).

En fin, y nosotros aquí aburriéndonos con el abogado y profesor Alberto, por ahí hasta somos más parecidos a Suecia de lo que creíamos.