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Autoestima infantil y el desafío de crecer sin depender de la aprobación en las redes sociales

La psicóloga Maritchu Seitún, especialista en orientación a padres, advierte sobre el impacto del mundo digital y destaca la responsabilidad de los adultos en la construcción de una autoestima saludable. Esta tarde encabezará una disertación sobre el tema en el Teatro municipal, en el marco de la Experiencia Dignamente

En un mundo donde los likes, los seguidores y la exposición en redes sociales parecen funcionar como indicadores de aceptación, acompañar a niños y adolescentes en la construcción de su autoestima se convirtió en uno de los grandes desafíos de la crianza.

Para la psicóloga Maritchu Seitún (M.N. 50439), especialista en orientación a padres, la tarea comienza mucho antes de que los chicos tengan su primer celular: empieza en los vínculos cotidianos, en la mirada de los adultos y en la manera en que aprenden a sentirse queridos, queribles y valiosos.

La profesional, columnista en medios como La Nación, Sophia y Tigris, llegará hoy a Río Cuarto para brindar desde las 19 horas la disertación “Autoestima en la era digital”, en el Teatro Municipal. Dicha actividad forma parte de la propuesta denominada Experiencia Dignamente, una iniciativa de la Fundación Dignamente que propone abrir espacios de reflexión sobre los desafíos actuales de la crianza.

En la antesala del evento, Seitún explicó a Salud & Ciencia que cuando los chicos quedan atrapados en la búsqueda de reconocimiento externo, dejan de prestar atención a su interioridad y a quiénes son, para concentrarse en la respuesta que reciben de los demás.

La profesional considera que el problema emerge cuando esa aprobación resulta inestable. Si el valor personal depende de cuántas personas reaccionan a una publicación o deciden seguir una cuenta, la autoestima queda expuesta a una evaluación permanente y, en lugar de construir una imagen propia, los chicos pueden terminar adaptando sus comportamientos, gustos e intereses a lo que creen que los demás esperan de ellos.

La diferencia entre “pertenecer y encajar”

Para comprender cómo se construye una autoestima sólida, Seitún propone distinguir dos conceptos: pertenecer y encajar. Aunque puedan parecer similares, representan formas muy diferentes de vincularse con los demás.

“Cuando yo encajo, me disfrazo para que el mundo esté contento conmigo y me elija. Cuando yo siento que pertenezco a un grupo, es porque me aceptan como soy”, señala la psicóloga.

Esa aceptación incluye las características físicas, las capacidades intelectuales, las habilidades deportivas y, en definitiva, aquello que hace única a cada persona.

La diferencia es fundamental durante la infancia y la adolescencia, etapas en las que la mirada del grupo adquiere una importancia creciente. La necesidad de ser aceptados puede llevar a los chicos a modificar su apariencia, ocultar intereses o reproducir comportamientos para evitar quedar afuera.

La especialista reconoce que durante la adolescencia la necesidad de encajar es especialmente intensa. Por eso, considera importante comenzar a trabajar la pertenencia desde los primeros años de vida y sostener ese acompañamiento sin convertirlo en una presión adicional.

En ese proceso, los adultos también tienen que revisar sus propias conductas. Seitún advierte que la búsqueda de aprobación digital no es exclusiva de las nuevas generaciones: los mayores también pueden quedar pendientes de las reacciones que reciben por lo que publican.

Por eso, propone prestar atención al ejemplo que ofrecen y preguntarse cuánto de su propia valoración depende de la mirada ajena.

Y fortalecer la autoestima infantil no significa repetirles a los hijos que son geniales ni elogiarlos constantemente. Según Seitún, la construcción de una imagen positiva de sí mismos requiere algo más profundo: que los chicos se sientan queridos, que sepan que son personas queribles y que reconozcan su propio valor.

Para lograrlo, la clave está en los gestos cotidianos. Aceptar sus gustos, interesarse por sus actividades, escucharlos y acompañarlos en sus procesos permite que construyan una imagen de sí mismos que no dependa exclusivamente de los resultados o del reconocimiento externo.

También plantea una cuestión que suele quedar en segundo plano: la autoestima de los propios padres. “Si yo tengo la autoestima alta, no voy a necesitar que mi hijo me represente y me haga sentir valiosa”, explica la profesional.

Cuando los adultos depositan en sus hijos la responsabilidad de cumplir expectativas o de generarles orgullo, pueden trasladarles un peso que dificulta su desarrollo personal. La crianza, en ese sentido, también implica revisar las propias inseguridades y reconocer que los hijos no están para confirmar el valor de sus padres. Acompañarlos supone aceptar que tienen intereses, capacidades y tiempos propios, sin convertir sus logros en una medida del éxito familiar.

El desafío de acompañar

La responsabilidad de los adultos no termina en el fortalecimiento de la autoestima. También comprende enseñar a los chicos a desenvolverse en un entorno digital que conocen desde lo técnico, pero cuyos riesgos, códigos y consecuencias todavía no están en condiciones de dimensionar plenamente.

“Así como les enseñamos a andar en bicicleta y a cruzar la calle, todo el tiempo les estamos enseñando cosas que no saben. Es nuestra tarea enseñarles el buen manejo del mundo digital”, sostiene Seitún.

En ese marco, la especialista advierte que saber utilizar un dispositivo no equivale a comprender cómo funcionan las relaciones en las redes sociales. Los chicos pueden manejar aplicaciones, publicar contenidos e intercambiar mensajes, pero necesitan acompañamiento para desarrollar criterios sobre la privacidad, el respeto, la exposición y las consecuencias de sus acciones.

Es por ello que recomienda una incorporación gradual de la tecnología y considera ideal evitar totalmente las pantallas hasta los 2 años. En adelante, entre los 2 y los 5, que su uso sea limitado y acompañado por un adulto que pueda mirar con ellos, preguntar y conversar sobre lo que ven. A partir de los seis años, propone prestar atención a los contenidos y mantener una supervisión acorde con la edad.

En cuanto al celular propio, plantea que cuanto más se pueda postergar, mejor. Como referencia, señala entre los 12 y los 14 años, con una introducción progresiva a las distintas herramientas.

Al comienzo de la secundaria, sugiere que el dispositivo pueda servir principalmente para comunicarse, antes de avanzar hacia el uso de las redes sociales.

La demora no es un objetivo aislado, sino una manera de ganar tiempo para que los chicos desarrollen recursos emocionales y criterios propios. “Cuanto más pronto se lo doy, más tiempo tengo que estar fiscalizando”, justifica.

En ese acompañamiento, la supervisión adulta tiene un papel central. Seitún considera importante que los padres puedan acceder a las contraseñas y revisar el uso de los dispositivos, especialmente durante los primeros años de contacto con las redes. Pero esa presencia no debería limitarse al control: también debe permitir construir una ética compartida sobre lo que está bien y lo que no en los intercambios digitales.

La propia especialista reconoce que los adultos tampoco tienen todas las respuestas. Por eso, entiende que se trata de un aprendizaje conjunto, que exige diálogo, atención y disposición para actualizar los criterios a medida que cambian las tecnologías.

Límites con empatía

En la construcción de una autoestima saludable, la manera de poner límites también importa. Seitún destaca que los padres tienen miles de oportunidades cotidianas para ayudar a sus hijos a sentirse queridos, queribles y valiosos, pero también pueden, muchas veces sin advertirlo, hacerlos sentir torpes, incapaces o inútiles.

Una de las herramientas que propone es intentar comprender qué hay detrás de una conducta antes de juzgarla. Los chicos pueden actuar desde el enojo, la frustración, el miedo, la vergüenza o la inseguridad. Reconocer esas emociones no significa justificar cualquier comportamiento, sino generar las condiciones para que puedan escuchar y aprender.

“Muchas veces lo que hicieron está mal, pero si yo antes de decir ‘está mal’ entiendo el enojo, la frustración, el miedo, la vergüenza, y otras causas que lo llevaron a hacer eso que hizo o qué lo llevó a decir eso que dijo, quizás me puedan escuchar mucho mejor”, explica la profesional.

Así, un portazo o una mala contestación pueden convertirse en una oportunidad para conversar sobre lo ocurrido sin poner en duda el afecto.

El mensaje es que una conducta puede tener consecuencias y necesitar una corrección, pero no modifica el amor que los padres sienten por sus hijos.

La especialista también invita a los adultos a no tomar personalmente las reacciones de los chicos. “Muchas veces no actúan directamente en contra de sus padres, sino que expresan una dificultad que todavía no saben cómo gestionar”, explica la psicóloga.

El objetivo es encontrar un equilibrio entre la autoridad y la permisividad: establecer límites claros, pero con empatía; sostener las normas sin humillar; y ofrecer seguridad sin impedir que los chicos desarrollen autonomía.

Criar en tiempos de pantallas

La competencia que las redes sociales y los dispositivos plantean a los vínculos familiares vuelve más complejo el acompañamiento.

Frente a ese escenario, Seitún sostiene que no alcanza con prohibir ni con entregar el control a los propios chicos. Es necesario estar presentes, dedicar tiempo, conversar y construir criterios compartidos.

Esa tarea requiere continuidad y empieza antes de que aparezcan los primeros conflictos. Cuanto más temprano se construyan vínculos de confianza y se establezcan límites adecuados, mayores serán las posibilidades de que los chicos recurran a sus padres cuando algo les preocupe o los haga sentir incómodos.