Argentina habrá pasado, cuando llegue el 26 de abril, cinco semanas y dos días de cuarentena. Más del 10 por ciento del año. En ese tiempo, toda la población, más de 44 millones de personas, habrá completado una experiencia inédita, al menos para la historia del último siglo: un encierro masivo, dispuesto y controlado por el Gobierno, para tratar de frenar el avance de una enfermedad, el Covid-19, que ha descolocado y desorientado al mundo entero, a una humanidad que ya ha dejado de sentirse invulnerable y que no ha encontrado hasta el momento una solución más efectiva que recurrir al confinamiento.
La cuarentena argentina ingresa ahora en su capítulo III. Otras dos semanas. Un esfuerzo descomunal, ingente, para un país que ya venía arrastrando pesares económicos y sociales y que ahora debe hacerle frente a una pandemia que no sólo desobecede jerarquías personales sino también geopolíticas: las grandes potencias del planeta, como Estados Unidos o el Reino Unido, han evidenciado su impotencia y su desconcierto, la insuficiencia de su sistema sanitario y hasta la falibilidad de sus gobiernos y gobernantes, algunos de una necedad y una soberbia desesperantes, para proteger a su población.
Ese es el espejo que permite sostener el confinamiento en Argentina. Los desastres en Italia, España, Estados Unidos, las muertes de a miles allí, las escalofriantes fosas comunes en una isla cercana a Nueva York, los viejos que se mueren solos, o los no tan viejos que también se mueren porque los servicios sanitarios están colapsados.
Alberto Fernández usa esa comparación que conmueve. Lo hace mostrando datos científicos, comparaciones numéricas y curvas de contagio, pero en el imaginario lo que aparecen son las desoladoras imágenes que se ven de países que no supieron o no pudieron actuar a tiempo para contrarrestar el avance del coronavirus o, al menos, para retrasarlo.
La última aparición de Fernández, en la que mostró las evoluciones comparadas con otros países, sirvió como un estímulo. Anímico, principalmente. Porque justo cuando comenzaban a imponerse los crujidos económicos y sociales que se derivan de la parálisis económica, la exposición de los datos de contagios y muertes habilitaron el convencimiento de que el esfuerzo de la cuarentena no es en vano. Lo dijo expresamente el jefe de Estado, que volvió a mostrar capacidad para comunicar y transmitir confianza en un momento límite como el actual.
En su presentación, Fernández señaló que si el ritmo de contagio hubiera seguido como en los primeros días, antes de que se decretara la cuarentena, hoy no habría alrededor de 2.000 contagiados detectados sino 45.000, el sistema sanitario estaría en el 80% de ocupación y, con un índice de mortalidad del 4,1 por ciento, los fallecidos no serían 89 sino 1.845.
Desde hace algunas semanas, hay sectores de la oposición que cuestionan el volumen de testeos que se realizan y sostienen que los enfermos en realidad serían muchos más. Pero hay un razonamiento fáctico para al menos desestimar en primera instancia ese razonamiento: las estadísticas oficiales podrían subestimar la cantidad de contagiados pero no de internados ni de enfermos graves. Los hospitales y clínicas estarían en una situación notablemente más comprometida que en la actualidad. Porque la gente no se enferma porque la cuentan; los cuadros clínicos prescinden de la rigurosidad de la estadística.
Y la realidad es que ni los sanatorios ni los hospitales están colapsados. “Andá a mi clínica; está vacía”, relató a mediados de semana un directivo de un centro asistencial riocuartense.
La tercera etapa de la cuarentena será todavía más desafiante que la primera. No sólo en el plano sanitario sino en otros dos frentes derivados: el económico y el social.
La información que han dado los gobiernos y la propia panorámica que ofrecen las calles dejan en evidencia que el aislamiento se ha ido deshilachando. El cumplimiento se está tornando cada vez más complejo y tal vez haya que buscar la explicación no sólo en el hartazgo y en la necesidad sino en el disparador que significó el viernes en que el Gobierno no pudo prever las aglomeraciones de jubilados que se produjeron en los bancos.
El interrogante es si el acatamiento no se irá relajando aún más en las dos semanas que vienen por delante. Porque además hay otro factor: las mismas cifras que son alentadoras y sirven para concluir que la cuarentena no es un esfuerzo gratuito, pueden contribuir a minimizar la amenaza sanitaria y ahondar el relajamiento.
Fernández derivó -aunque la aprobación final le corresponderá a su gabinete de Salud- en los gobernadores la posibilidad de la flexibilización de la cuarentena y, por lo tanto, también los comprometió más en el control. No será una decisión liviana para los gobernantes de provincias o municipios pedir el levantamiento de las restricciones en un sector económico o geográfico. ¿Qué pasaría después si justo allí la situación se complica? ¿Quién pagaría el costo político en un contexto en el que la gente manifiesta una susceptibilidad extrema y un acotamiento de los márgenes de paciencia?
Ni bien Fernández confirmó la extensión del aislamiento obligatorio, Juan Schiaretti tuiteó su apoyo irrestricto a la decisión. En la Provincia sostienen que no habrá relajamiento alguno en los grandes centros urbanos, menos aún en Córdoba o Río Cuarto, que han tenido circulación local del virus. Sólo podría haber excepciones en villas serranas en donde no se detectaron casos y donde las aglomeraciones son imposibles.
En el Municipio el convencimiento es el mismo: las restricciones se mantendrán como hasta hoy y se irá analizando muy cuidadosamente sector por sector. En el gobierno de Juan Manuel Llamosas creen que no deben correrse riesgos y que es prioritario enfocarse en la salud.
Pero así como el aspecto sanitario viene arrojando resultados alentadores, no ocurre lo mismo en el plano económico. Allí, el gobierno nacional no está alcanzando una capacidad de cobertura que contenga las necesidades de las empresas, algunas pequeñas y medianas, o de los profesionales que se quedaron sin ingresos. Un relevamiento de la Unión Industrial de Córdoba señaló que el 71% de las firmas cordobesas no pudieron acceder a ninguno de los programas de asistencia que ha lanzado la Casa Rosada. Si ese panorama no cambia, los inconvenientes que se vienen acumulando en abril crecerán exponencialmente en mayo porque, por ejemplo, las empresas deberán pagar los sueldos después de un mes completo sin facturación (en marzo el aislamiento se produjo en los últimos once días).
Ni siquiera los gobiernos pueden garantizar que depositarán los sueldos a los empleados públicos con normalidad. Si no lo hicieran, la cadena de pagos se resentiría aún más y la circulación de dinero sería todavía más limitada.
Todas las miradas están enfocadas en Buenos Aires. La Casa Rosada ya anunció que enviará 120.000 millones de pesos a los gobernadores y en Córdoba están convencidos de que la Nación emitirá todo lo que sea necesario para evitar que las provincias colapsen y se vean obligadas a desempolvar las cuasimonedas. “Ya se verá después cómo se rescatan esos pesos del mercado. Pero no es un problema de ahora. Es igual que la deuda: ya se verá cómo se arregla. La prioridad hoy es sostener en algo la actividad económica interna”, indicaron en el Panal.
La limitante es que el Estado no podrá llegar a todos los rincones. En Córdoba proponen mecanismos, principalmente a través de avales, para que los bancos estén obligados a prestar y a flexibilizar las condiciones que les exigen a las empresas. Así, la disposición de dinero se incrementaría por esa vía.
Esa diversificación es fundamental. Porque la cuarentena podría trascender el mes de abril -en la Provincia y el Municipio lo dan por hecho- y los padeceres económicos seguirían en aumento.
El coronavirus es una entidad desafiante. En todos los planos: sanitario, social, económico, cultural. Para la conducta personal pero, además, para la comunitaria. Para los gobiernos y para los individuos. Argentina está adormeciendo sus efectos sobre la salud. Pero, coinciden las autoridades, su negatividad llegará, los enfermos serán muchos más. El gigantesco desgaste de la cuarentena permitió ganar un tiempo precioso para preparar el sistema de atención. Y, además, para abrir una grieta de esperanza. Es una enormidad, teniendo en cuenta las circunstancias.

