Junto a las medidas de enorme impacto económico anunciadas el lunes por el gobierno nacional en su intento de contener la crisis cambiaria y financiera -que acababa de tener un violento pico la semana anterior-, como la determinación de bajar a cero el déficit primario del año próximo, la renegociación del acuerdo con el FMI y la imposición de retenciones a las exportaciones, se presentó otra de marcado carácter político como la reforma del gabinete, cuyo aspecto más saliente fue la degradación de varios ministerios a secre- tarías. Más allá de las reacciones que van de la satisfacción por el regreso a una conformación más acorde con la historia del país, a las manifestaciones de rechazo desde los sectores que se sienten postergados y en algunos casos humillados, no llega a percibirse has-ta qué punto se trata de un cambio real y cuánto tiene de mera señal sin efectos prácticos reales.
Indudablemente, el hecho de que todas las áreas cuyo status se modificó hacia abajo siguen a cargo del mismo funcionario sugiere que la última posibilidad es la más verosímil. E invita a imaginar que la módica reducción salarial que sufrirán los antes minis- tros devenidos secretarios se traducirá en cambios igualmente poco significativos en sus funciones. En todo caso, si algún programa de los que ejecutan desde esas dependencias se ve interrumpido, o bien se achican o desaparecen algunas direcciones, será por restricciones presupuestarias que no tienen que ver con la posición que ocupan en el organigrama sino con el lastimoso estado que presentan las cuentas públicas en su totalidad.
Sin embargo, esta impresión general no es compartida por los análisis realizados desde perspectivas sectoriales. En el mundo sindical se ha tomado la desaparición del Ministerio de Trabajo como una verdadera agresión, y algo similar ocurre en los ámbitos científicos con la transformación de Ciencia y Tecnología en una dependencia de Educación. En uno y otro caso, así como en el de Cultura, se observa el descenso en la escala como una prueba del desprecio y del desinterés que atribuyen al gobierno de Mauricio Macri por esas áreas, un juicio que acaso tenga sustento en acciones previas del Gobierno, pero no explica como otros sectores que han sido totalmente “mimados”, como Energía o Agroindustria, han corrido el mismo destino.
Acaso la clave esté en el grado de autonomía que conserven las secretarías respecto del Ministerio al que han quedado formalmente subordinadas. Esto es, si Jorge Triacca mantendrá como secretario el mismo poder de decisión que tenía como ministro, o si Adolfo Rubinstein deberá ahora consultar las decisiones relacionadas con la salud pública con su ahora superior Carolina Stanley. Y en rigor, si todos los involucrados están en la misma sintonía respecto de cuál es su papel en el nuevo escenario, porque de no ser así las tensiones entre quienes hasta ayer eran pares y ahora tienen jerarquías diferentes podrían redundar en un entorpecimiento de la gestión, con la consiguiente pérdida de eficacia.
Si se toma en consideración que ya antes de la asunción de Mauricio Macri el nombramiento de su gabinete había suscitado opiniones negativas debido a la inusitada cantidad de ministerios, un cambio como el propuesto debería ser en principio bien recibido. Sin embargo, en circunstancias como las actuales aparece como un intento no demasiado convincente de dar una señal de austeridad, que en el mejor de los casos resultará prácticamente neutra en términos de costos y beneficios, pero que también podría añadir una batería de nuevos problemas que hasta ahora no se habían presentado.
Sin embargo, esta impresión general no es compartida por los análisis realizados desde perspectivas sectoriales. En el mundo sindical se ha tomado la desaparición del Ministerio de Trabajo como una verdadera agresión, y algo similar ocurre en los ámbitos científicos con la transformación de Ciencia y Tecnología en una dependencia de Educación. En uno y otro caso, así como en el de Cultura, se observa el descenso en la escala como una prueba del desprecio y del desinterés que atribuyen al gobierno de Mauricio Macri por esas áreas, un juicio que acaso tenga sustento en acciones previas del Gobierno, pero no explica como otros sectores que han sido totalmente “mimados”, como Energía o Agroindustria, han corrido el mismo destino.
Acaso la clave esté en el grado de autonomía que conserven las secretarías respecto del Ministerio al que han quedado formalmente subordinadas. Esto es, si Jorge Triacca mantendrá como secretario el mismo poder de decisión que tenía como ministro, o si Adolfo Rubinstein deberá ahora consultar las decisiones relacionadas con la salud pública con su ahora superior Carolina Stanley. Y en rigor, si todos los involucrados están en la misma sintonía respecto de cuál es su papel en el nuevo escenario, porque de no ser así las tensiones entre quienes hasta ayer eran pares y ahora tienen jerarquías diferentes podrían redundar en un entorpecimiento de la gestión, con la consiguiente pérdida de eficacia.
Si se toma en consideración que ya antes de la asunción de Mauricio Macri el nombramiento de su gabinete había suscitado opiniones negativas debido a la inusitada cantidad de ministerios, un cambio como el propuesto debería ser en principio bien recibido. Sin embargo, en circunstancias como las actuales aparece como un intento no demasiado convincente de dar una señal de austeridad, que en el mejor de los casos resultará prácticamente neutra en términos de costos y beneficios, pero que también podría añadir una batería de nuevos problemas que hasta ahora no se habían presentado.

