Los últimos meses han sido pródigos en especulaciones sobre la posibilidad cierta de que los vaivenes de la campaña electoral, con su carga de anuncios efectistas, promesas de cumplimiento dudoso y confrontaciones con abundante violencia verbal, incida negativamente sobre la economía, en especial en las variables más expuestas a los cambios de humor de los operadores financieros. A dos semanas de las Paso, este fenómeno habitual parece haberse corporizado tras las declaraciones del candidato a presidente del Frente de Todos, Alberto Fernández, de su intención de financiar sus planes de mejorar la situación de los jubilados con los intereses que se pagan por las letras emitidas por el Banco Central con el propósito de contener la presión sobre el dólar.
El cortocircuito se dio luego de que las promesas de Fernández de garantizar el suministro gratuito de medicamentos a los jubilados y de aumentar sus haberes en un 20 por ciento fueran cuestionadas ante la incertidumbre sobre de dónde saldría el dinero para proveerlas. El postulante respondió que dejaría de pagar los intereses otorgados por las llamadas Leliq, que mantienen el dólar en un nivel a su entender “artificialmente barato”, lo cual en un principio fue interpretado por algunos medios como la anticipación de un default selectivo de esta deuda, y después desmentido desde el equipo del declarante, que sólo se habría referido a dejar de emitir Leliq o a reducir su rendimiento y no a dejar de cumplir los compromisos ya asumidos.
Más allá de las suspicacias que puede generar el contrapunto entre quienes sostengan que Fernández no se expresó con propiedad y quienes atribuyan la “confusión” a un intento deliberado de distorsionar sus palabras para perjudicarlo políticamente, desde el oficialismo la idea ha sido cuestionada porque erogaciones como las prometidas corresponden al Tesoro, y no podrían ser financiadas con dinero del Banco Central. Aunque durante el kirchnerismo ambas “cajas” se manejaron de manera casi indistinta, se supone que hacer algo semejante en este momento llevaría al colapso del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y por consiguiente de todo el débil esquema sustentado por ese “prestamista de última instancia”.
Por lo demás, y aun cuando el sostenimiento del “dólar barato” ha sido cuestionado por muchos sectores y no sólo por la oposición política, y se le han atribuido intenciones electoralistas, permitir que la cotización aumente tendría un impacto inflacionario que licuaría la recomposición de los ingresos de jubilados y de trabajadores que el propio Fernández plantea. Pero desde el punto de vista del mercado, la reacción natural de todos aquellos que crean en una victoria electoral del Frente de Todos será salir a buscar dólares ya mismo, con la consiguiente suba de la divisa como consecuencia de la mayor presión compradora. De ahí la hipótesis de que el candidato ha dicho lo que ha dicho para desestabilizar la economía, y mejorar así sus propias chances electorales.
En definitiva, el comportamiento de la cotización del dólar de ayer parece haber convalidado en parte los temores acerca del impacto de las declaraciones de Fernández, que aparte de reflejarse en la esgrima verbal propia de la campaña tuvo un cierto correlato en los mercados. Da la impresión de que en los días que quedan hasta las Paso, y mucho más en las interminables semanas entre éstas y las generales del 27 de octubre, parece casi imposible que este factor no vaya a jugar un papel de peso en una competencia tan cerrada y ríspida como la que está en curso.
Más allá de las suspicacias que puede generar el contrapunto entre quienes sostengan que Fernández no se expresó con propiedad y quienes atribuyan la “confusión” a un intento deliberado de distorsionar sus palabras para perjudicarlo políticamente, desde el oficialismo la idea ha sido cuestionada porque erogaciones como las prometidas corresponden al Tesoro, y no podrían ser financiadas con dinero del Banco Central. Aunque durante el kirchnerismo ambas “cajas” se manejaron de manera casi indistinta, se supone que hacer algo semejante en este momento llevaría al colapso del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y por consiguiente de todo el débil esquema sustentado por ese “prestamista de última instancia”.
Por lo demás, y aun cuando el sostenimiento del “dólar barato” ha sido cuestionado por muchos sectores y no sólo por la oposición política, y se le han atribuido intenciones electoralistas, permitir que la cotización aumente tendría un impacto inflacionario que licuaría la recomposición de los ingresos de jubilados y de trabajadores que el propio Fernández plantea. Pero desde el punto de vista del mercado, la reacción natural de todos aquellos que crean en una victoria electoral del Frente de Todos será salir a buscar dólares ya mismo, con la consiguiente suba de la divisa como consecuencia de la mayor presión compradora. De ahí la hipótesis de que el candidato ha dicho lo que ha dicho para desestabilizar la economía, y mejorar así sus propias chances electorales.
En definitiva, el comportamiento de la cotización del dólar de ayer parece haber convalidado en parte los temores acerca del impacto de las declaraciones de Fernández, que aparte de reflejarse en la esgrima verbal propia de la campaña tuvo un cierto correlato en los mercados. Da la impresión de que en los días que quedan hasta las Paso, y mucho más en las interminables semanas entre éstas y las generales del 27 de octubre, parece casi imposible que este factor no vaya a jugar un papel de peso en una competencia tan cerrada y ríspida como la que está en curso.

