Opinión | Editorial |

El recambio en el Ministerio de Hacienda

Mientras el diagnóstico que unánime e inequívocamente identifica a la economía como la causa principal del virtual cierre anticipado del proyecto político hoy agonizante vuelve lógico que el primer fusible sea quien venía desempeñándose como la principal autoridad del área, el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, no está claro hasta qué punto un recambio a esta altura puede otorgar el oxígeno que no sólo necesita el Gobierno sino también el país.

Finalmente, después de seis días de rumores y desmentidas, la demoledora derrota sufrida por el oficialismo en las elecciones primarias del 11 de agosto impactó de lleno en el gabinete nacional con el alejamiento del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, quien había estado al frente de la cartera durante más de dos años y medio que incluyeron los que fueron los mejores (en 2017) y los peores (desde abril de 2018 en adelante) días de la administración de Mauricio Macri. Mientras el diagnóstico que unánime e inequívoca- mente identifica a la economía como la causa principal del virtual cierre anticipado del proyecto político hoy agonizante vuelve lógico que el primer fusible sea quien venía desempeñándose como la principal autoridad del área, no está claro hasta qué punto un recambio a esta altura puede otorgar el oxígeno que no sólo necesita el Gobierno sino también el país.



En rigor, la endeblez de la situación de Dujovne ya había quedado en evidencia a partir de su falta de protagonismo en los anuncios de medidas que pretenden proporcionar un alivio a la población afectada por la violenta devaluación registrada inmediatamente después de las Paso, que amenaza con multiplicar los padecimientos de una población ya agobiada por la crisis. La naturaleza de la mayor parte de esas disposiciones es ajena a los criterios con que manejó su cartera durante su gestión, aunque también lo es a los del presidente a cuyo servicio trabajaba hasta ayer.



Es que el giro tiene como componente central un incremento del gasto que inevitablemente repercurtirá sobre el equilibrio de las cuentas fiscales y volverá el cumplimiento de las metas en esta área, que ya se perfilaba como extremadamente dificultoso, totalmente imposible. Esto significa el virtual entierro del programa acordado con el Fondo Monetario Internacional, al menos en los términos en que está formulado en la actualidad; en otras palabras, el abandono -más forzado que por decisión propia- de un compromiso que aunque involucra a todo el Gobierno, toca a Dujovne más de cerca que a cualquier otro de sus integrantes, a excepción del propio Macri.



En ese marco, si siempre se advirtió que el acuerdo con el FMI era inviable en el mediano plazo y renegociarlo habría sido indispensable en cualquier circunstancia, esa necesidad parece haberse adelantado junto con las mayores urgencias financieras emanadas del resultado electoral. Da la impresión de que esa renegociación, que de por sí presenta complicaciones extraordinarias  -y sin la cual, por ejemplo, correría peligro el próximo desembolso del Fondo en principio previsto para septiembre- no podía de ningún modo ser llevada adelante por una figura con la credibilidad tan dañada como la de Dujovne. 



Sin embargo, lo traumático del recambio por Hernán Lacunza, un funcionario del gobierno bonaerense que fue traído de urgencia del sitio donde pasaba sus vacaciones -señal del grado de improvisación prevaleciente en estas horas cargadas de incertidumbre- no parece muy apto para devolver la confianza a los interlocutores del organismo internacional. Tampoco a los mercados cuyo comportamiento mantiene en vilo a todos los argentinos, y seguirá haciéndolo durante una transición que ya se perfila interminable, dentro de la cual los sobresaltos estarán a la orden del día, y probablemente tiene en el cambio de gabinete que acaba de detonar el primero pero no el último.