Opinión | Editorial |

Horas difíciles para un asediado “pulmón del mundo”

Si el alcance del daño ambiental producido por los incendios en la Amazonia, que está incrementándose con el correr de los días y hasta de las horas, es difícil de evaluar, resulta en cambio mucho más sencillo concluir que la gestión política de la problemática, que históricamente nunca se destacó por su solvencia ni por su compromiso, está en este momento a cargo de las manos menos apropiadas que podrían concebirse para una misión tan delicada.

La catastrófica situación en la que ha quedado inmersa la Amazonia debido a los incendios que se expanden de manera prácticamente descontrolada ha generado una intensa alarma en todo el planeta, que ve peligrar el que se considera uno de sus pulmones más valiosos. Si el alcance del daño ambiental que está incrementándose con el correr de los días y hasta de las horas es difícil de evaluar, resulta en cambio mucho más sencillo concluir que la gestión política de la problemática, que históricamente nunca se destacó por su solvencia ni por su compromiso, está en este momento a cargo de las manos menos apropiadas que podrían concebirse para una misión tan delicada.



La Amazonia es una selva virgen que ocupa aproximadamente la cuarta parte del territorio sudamericano, distribuida entre ocho países, pero que en su mayor parte se localiza en Brasil. Posee las mayores reservas de agua dulce del planeta (cerca del 20 por ciento del total), y representa más de la mitad del bosque húmedo existente, por lo que cumple un papel fundamental en el suministro de oxígeno en la atmósfera. A ello se agregan el río más caudaloso del orbe y una impresionante diversidad biológica, que incluye dos millones y medio de variedades de plantas, 2.500 especies de peces, 1.500 de aves, 550 de reptiles y 500 de mamíferos.



Todo ello configura un patrimonio riquísimo que, no obstante, no es percibido como tal por quienes solamente ven en la selva un obstáculo para expandir la explotación del terreno en el que se asienta. Así, el fuego es concebido como un instrumento para “limpiar” de vegetación amplias extensiones que luego son utilizadas, principalmente, para la siembra de soja y la producción de bovinos, rubros en los que Brasil es una potencia exportadora de magnitud después de haber experimentado en las últimas décadas un crecimiento extraordinario.



En ese marco, no cabe duda de que la llegada a la presidencia de Jair Bolsonaro, un ultraderechista tosco y retrógrado que aparte de sus posiciones misóginas, racistas y contrarias al respeto a los derechos humanos, niega la existencia de un proceso de cambio climático y se ha declarado en contra de limitar la explotación económica del territorio por motivos ecológicos, ha empeorado la situación. Sin embargo, si se calcula que alrededor del 20 por ciento de la Amazonia ya ha sido arrasado por el hombre, es evidente que la falta de predisposición a cuidar el patrimonio viene de más lejos, y no puede concentrarse en una gestión en particular. También tienen una larga historia las quejas de Brasil, en foros internacionales, de que se le exige preservar un bien que supone un beneficio para toda la humanidad, pero también ser el único en pagar los costos asociados a esa preservación, a expensas de su propio desarrollo.



Mientras el valor de espacios como el que hoy está siendo arrasado por el fuego se vuelve más y más elevado en la medida en que el hombre sigue avanzando sobre la naturaleza en todas las geografías -como bien sabemos en nuestra provincia de Córdoba, donde el bosque nativo se ha vuelto ya casi inexistente-, urge tomar conciencia de la necesidad de cuidarlos, con una distribución equitativa de los costos respectivos. Las atroces imágenes que se observan por estos días deberían contribuir a un mayor entendimiento de la dimensión de un problema que no es sólo brasileño.