Tal como lo habían anticipado varias mediciones de consultoras privadas, el Índice de Precios al Consumidor dio en febrero un salto importante respecto de los períodos previos, para completar un primer bimestre que según la mayoría de los analistas ya le dio un golpe mortal a la meta oficial para todo el año. El regreso de la inflación al primer lugar entre los problemas de la Argentina, que reflejan no sólo las cifras del Indec sino algunas encuestas de opinión, pone al Gobierno ante un desafío que encara con diferencias internas y el peso de haberlo subestimado en sus inicios.
Lejos de las resoluciones relativamente rápidas de algunos elementos de la agobiante herencia económica que recibió en diciembre de 2015, particularmente el cepo cambiario y el conflicto con los fondos buitre, en el caso de la inflación los resultados de las políticas oficiales han sido decepcionantes. Y nunca pudieron alejarse del condicionamiento que plantea la tensión entre el Banco Central, que propone contener los precios aspirando pesos del mercado con altas tasas de interés, y la determinación política de resistir esa estrategia porque atenta contra el crecimiento económico.
Claro está, en el caso puntual de febrero -como también había sido en menor medida en el de enero- se verifican las consecuencias de la particular administración del ajuste de tarifas y otras medidas potencialmente inflacionarias que se fueron acomodando a los tiempos electorales. Sin embargo, más allá del pico del mes pasado, es evidente que a esta altura las convicciones y la aptitud del oficialismo para combatir el problema son puestas en duda cada vez más por los agentes económicos y por el público en general.
Ese pesimismo creciente, además, no es inocuo, en vista de que aparte de las cuestiones monetarias y fiscales la inercia inflacionaria también se alimenta en una medida considerable de las expectativas. El hecho de que el presidente Mauricio Macri haya pasado de definir el descontrol de los precios como una “muestra de incapacidad para gobernar” a haber insinuado explicaciones peligrosamente similares a las que solía utilizar el kirchnerismo, aun cuando fuera un desliz aislado, no constituye en ese sentido una señal muy alentadora.
En cualquier caso, habrá que ver si la confianza que procura transmitir el Gobierno respecto de que “lo peor ya pasó” y el ciclo virtuoso de inflación en baja y crecimiento en alza comenzará a notarse en los próximos meses se verifica en la realidad. En éste como en otros temas, debe insistirse en que el punto en que la caracterización como problema heredado deja de ser una justificación plausible sigue aproximándose, si es que no se superó ya con holgura.
Claro está, en el caso puntual de febrero -como también había sido en menor medida en el de enero- se verifican las consecuencias de la particular administración del ajuste de tarifas y otras medidas potencialmente inflacionarias que se fueron acomodando a los tiempos electorales. Sin embargo, más allá del pico del mes pasado, es evidente que a esta altura las convicciones y la aptitud del oficialismo para combatir el problema son puestas en duda cada vez más por los agentes económicos y por el público en general.
Ese pesimismo creciente, además, no es inocuo, en vista de que aparte de las cuestiones monetarias y fiscales la inercia inflacionaria también se alimenta en una medida considerable de las expectativas. El hecho de que el presidente Mauricio Macri haya pasado de definir el descontrol de los precios como una “muestra de incapacidad para gobernar” a haber insinuado explicaciones peligrosamente similares a las que solía utilizar el kirchnerismo, aun cuando fuera un desliz aislado, no constituye en ese sentido una señal muy alentadora.
En cualquier caso, habrá que ver si la confianza que procura transmitir el Gobierno respecto de que “lo peor ya pasó” y el ciclo virtuoso de inflación en baja y crecimiento en alza comenzará a notarse en los próximos meses se verifica en la realidad. En éste como en otros temas, debe insistirse en que el punto en que la caracterización como problema heredado deja de ser una justificación plausible sigue aproximándose, si es que no se superó ya con holgura.

