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Los "odiadores seriales", una especie con mucho futuro

Al manifestar su disposición a "terminar con los odiadores seriales", el presidente Alberto Fernández ha realizado una caracterización del obstáculo, del problema, del "enemigo", que en sí misma contiene una flagrante contradicción, en vista de que, consciente o inconscientemente, descalifica e insulta al sujeto que está llamando a su lado en un gesto supuestamente conciliador.

El aniversario de la Independencia celebrado el jueves registró como hechos políticos centrales el discurso oficial del presidente de la Nación, Alberto Fernández, en el cual insistió en su llamado a la unidad nacional en un intento de ponerse por encima de las divisiones en la sociedad, y la jornada de protestas desplegada por todo el país con diferentes consignas pero hermanadas en un rechazo a muchas de las líneas de acción de su gobierno y a su mismo liderazgo. El contraste aparente entre la mano tendida de una de las partes y una respuesta que expresa disidencias legítimas pero también una tajante intolerancia, sin excluir manifestaciones de violencia verbal y hasta física, no debería ocultar que en realidad el desentendimiento es mutuo, así como también la falta de una genuina voluntad de superarlo.

El ataque de manifestantes a periodistas de un canal de noticias afín al oficialismo -de propiedad, para colmo, de empresarios profundamente involucrados en la corrupción kirchnerista-, no sólo busca una supuesta justificación en agresiones pasadas similares de signo opuesto: también en una sistemática descalificación de las críticas y, lo que es peor, de los críticos que es ejercitada hoy mismo por el Presidente y sus funcionarios. En las denuncias de amenazas a la libertad de expresión parece advertirse a veces un exceso de susceptibilidad, es cierto, pero sólo a veces. Y los cortocircuitos se suceden con implacable sistematicidad.

Resulta especialmente notable la elección de la frase con que Fernández ha querido ratificar su compromiso de ser el presidente de todos los argentinos, no sólo de una facción, y “abrir los brazos para que nos unamos en busca de ese destino común” al que en teoría deberíamos aspirar todos: "Vine acá para terminar con los odiadores seriales”. Se trata de una caracterización del obstáculo, del problema, del “enemigo”, que en sí misma contiene una flagrante contradicción, en vista de que, consciente o inconscientemente, descalifica e insulta al sujeto que está llamando a su lado en un gesto supuestamente conciliador.

No se trata sólo de la decisión de terminar con los “odiadores” y no con el odio, lo que indudablemente habría constituido una selección mucho más apropiada del vocabulario. Se trata de desestimar de antemano todo aquello que el otro tiene para objetar, como si fuera producto de una reacción emocional negativa de bases arbitrarias o prejuiciosas, cuando en realidad los desbordes a veces irracionales y fuera de eje, las descargas que apuntan en dirección equivocada, muchas veces se construyen sobre motivos perfectamente racionales e identificables, como lo son los que se distinguen dentro del propio bando hoy oficialista.

Que los “odiadores” de uno y otro lado se muestren totalmente impermeables a ver en el antagonista más que mezquindad, oportunismo, ignorancia y estupidez, dando lugar a ese triste intercambio entre “choriplaneros” y “globoludos” u otros términos más degradantes para quien los emplea que para aquellos a quienes van dirigidos, es penoso pero en alguna medida comprensible dada la tendencia a mirar las cosas en blanco y negro propia de la condición humana. Pero un líder político que aspira a cerrar esa grieta, o por lo menos a reducir la importancia de su papel protagónico en el escenario nacional, de modo que no represente un obstáculo tan pesado de cara a la construcción de un futuro común para todos, debería demostrar algo más de empatía con quienes piensan diferente; o, al menos, cuidarse de no potenciar el odio que ve en ellos.