El dato de inflación de marzo que se conocerá el miércoles, justo antes del inicio de Semana Santa que abrirá cuatro días sin actividad al menos oficial, será malo. Ya lo anticipó el secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti, el funcionario que comenzó con el látigo en la mano y un discurso duro contra los especuladores, y no dio pie con bola. Parte de ese discurso fue el que utilizó el propio presidente Alberto Fernández el día que anunció que comenzaba la guerra contra la inflación en el país y que iba a combatir las conductas especulativas de los inescrupulosos que suben los precios sin razón. Acto seguido, el propio Feletti emplazó a esos nocivos empresarios a retrotraer los precios: primero a los valores de 30 días atrás, después 15 y finalmente les pidió que sean 7. Ningún consumidor observó cambios a la baja en ningún producto y en ningún lugar del país.
Pero eso no sería lo más grotesco en medio del combate abierto y frontal contra la incesante escalada de precios. Porque el capítulo menos presentable está dado por las contradicciones y los cruces públicos entre los funcionarios que forman parte de un equipo económico que está desperdigado en varios ministerios. Hoy, Economía, Comercio Interior, Producción y Energía, por mencionar algunos espacios que deberían tener ajustada sintonía fina para definir políticas con alguna expectativa de alcanzar resultados positivos, trabajan casi autónomamente. Pero además, con criterios y hasta diagnósticos diferentes. El dueño del látigo y el discurso duro admitió la semana pasada que no es mago y que combatir la inflación era responsabilidad del ministro Martín Guzmán; del Ministerio de Economía y de las políticas macroeconómicas. Y aseguró que los resultados de las canastas creadas e impulsadas desde su Secretaría eran positivos.
Las diferencias internas ponen al Gobierno en una situación de inmovilidad. Se lo ve paralizado frente al cúmulo de problemas que se amontonan.
Vale recordar que el arranque del año muestra un salto inflacionario inquietante con un 3,9% en enero; 4,7% en febrero; y las proyecciones hablan de al menos 5,5% en marzo, aunque algunas consultoras no descartan que supere el 6%.
Cualquiera sea ese número, si se ubica dentro de esos parámetros, tendrá además un golpe simbólico adicional para el Gobierno debido a que superará por primera vez el peor registro de la gestión de Mauricio Macri, que terminó con el 53,8% en su pésimo último año.
Esas diferencias internas ponen al Gobierno en una situación de inmovilidad. Se lo ve paralizado frente al cúmulo de problemas que se amontonan sin que haya gestión para resolverlos. Se escuchan sólo diagnósticos y se apunta contra los supuestos responsables de esas problemáticas, pero corre el tiempo y no hay soluciones a la vista. Y generalmente, los problemas económicos tienden a agravarse con el correr del tiempo si no hay acciones en contrario; no se quedan estáticos.
Pero en la punta superior, el Gobierno termina en un solo sillón. Y desde allí debe bajar una línea que no dé lugar a dudas ni habilite desafíos.
Y en este punto es que se desprende el interrogante de si los problemas económicos no tienen en realidad una causa política detrás o al menos buena parte de la motivación. El espectáculo que dan funcionarios de primera línea confrontando con parte del equipo de Gobierno no hacen más que llenar de incertidumbre a quienes deben tomar decisiones todos los días. Y no hay que pensar en grandes actores económicos sino aquel comerciante que puede incorporar un trabajador más porque su rama de actividad así lo permite; o el dueño de un taller que podría dar un salto con una máquina nueva para la que debe tomar un crédito, el trabajador que pudo ahorrar un dinero y piensa en cambiar el auto o en tomarse unos días de vacaciones en invierno. ¿Qué hacen? Posiblemente ante el escenario económico y político, muchas de esas decisiones terminen anulándose. La incertidumbre consume el horizonte y sin eso es difícil que fluya la actividad económica. Cada actor prefiere esperar y se ubica a la defensiva. No arriesga. No gasta.
Si algo debe brindar una gestión económica es previsibilidad. Los actores económicos deben saber cuáles son las reglas hoy y mañana porque en ese escenario es donde se genera una inercia positiva. Hoy, en el mejor de los casos, el que logra tener un ahorro busca protegerlo. Es el motivo por el cual muchos productores agropecuarios optan por pasarlos a “dólares fierro”, es decir, comprar maquinaria agrícola, un sector que en parte se ve beneficiado por esa falta de horizonte. El pequeño ahorrista intenta llegar al dólar billetepor algún camino.
Es imperioso que el Gobierno comience a dar señales de coherencia para ordenar el complejo escenario que con el correr del tiempo sigue en franco deterioro. Pero para eso la cabeza debe impartir señales claras de las que nadie puede apartarse. Y si alguien quiere apartarse, deberá apartarse.
La falta de uniformidad de criterios hace tiempo que se viene manifestando en el Gobierno, que tiene en su armado un complejo equilibrio de sectores que no siempre coinciden y que en las últimas semanas agudizaron sus desencuentros. Pero en la punta superior, el Gobierno termina en un solo sillón. Y desde allí debe bajar una línea que no dé lugar a dudas ni habilite desafíos. No es posible que un Gobierno funcione en un permanente estado asambleario porque esa es la cuna de la parálisis y del fracaso.
Gonzalo Dal Bianco. Redacción Puntal

