La política suele ser compleja. Sus movimientos, sus significados y sus lógicas, sus intenciones y objetivos siempre contienen una faceta pública y una oculta, una decible y otra usualmente inconfesable. Es un juego enrevesado y difícil de desentrañar.
Sin embargo, en Argentina, en la Argentina de estos días, la complejidad le ha dado paso a la extrañeza. Han ocurrido y están ocurriendo episodios que aun para la política nacional podrían incluirse en una antología de la rareza.
En el Congreso de la Nación, en la Cámara de Diputados, un proyecto capital para el Gobierno, que definía nada menos que su posibilidad de continuidad, consiguió más apoyo entre la oposición que entre el oficialismo. El acuerdo con el FMI recibió 202 votos a favor, de los cuales solamente 77 salieron del Frente de Todos. Un tercio de esa bancada, con el heredero Máximo Kirchner a la cabeza, votó en contra o se abstuvo y, si por ellos hubiera sido, el Presidente al que llevaron al poder se habría quedado sin acuerdo y con default y con un futuro de corto plazo oscuro e inquietante.
Un silente Máximo, que sólo bajó al recinto al momento de la votación, después emitió un comunicado en nombre de La Cámpora, un comunicado que en algunos tramos hace recordar sugerentemente algunos textos de Cristina, que es una declaración de guerra. No sólo porque vuelve sobre los cuestionamientos ya conocidos sobre el FMI sino, fundamentalmente, porque castiga sin contemplaciones al ministro Martín Guzmán, al que presenta como un blando que con sus buenos modales creyó que iba a doblegar al Fondo, y porque desmiente cada una de las afirmaciones que el Ejecutivo y hasta Alberto Fernández han hecho sobre el entendimiento. La Cámpora dice que el gobierno argentino, ese gobierno del que forma parte pero al que menciona como si fuera algo ajeno, renegoció la deuda de 45 mil millones de dólares con una mezcla de secretismo e ingenuidad y terminó aceptando un esquema clásico del FMI que derivará en más inflación y pobreza, en una contracción asfixiante de la economía, y que, a fin de cuentas, es tan impagable como lo era el de Macri.
A ese denso texto de 15 páginas se sumó el video de 2 minutos de Cristina en el que, mientras no repudia que los manifestantes hayan atacado el Congreso sino que hayan dirigido las piedras hacia su despacho, dice que el FMI siempre generó pobreza y tensión social y que lo que el Ejecutivo se dispone a ejecutar es “el plan económico del Fondo Monetario”.
¿Cómo podrá seguir La Cámpora integrando semejante gobierno y administrando diariamente algunas de las cajas más voluminosas del Estado nacional? Porque lo que ocurrió en Diputados no fue un desacuerdo sobre un aspecto episódico sino constitutivo del gobierno que se desplegará de ahora en más. La política económica -y por lo tanto la gestión en sí- estará dominada y determinada por lo que el Ejecutivo firmó para renegociar la deuda.
El Frente de Todos está quebrado; la coalición política que llegó al gobierno en 2019 acaba de reconfigurarse por una jugada de Cristina y Máximo. Lo que aún no se develó es la magnitud de esa reconfiguración. Los Kirchner ya movieron; ahora falta ver, si es que existe, el movimiento de Alberto.
Mientras en el Congreso se debatía si se le daban al Gobierno los votos para cerrar con el Fondo, mientras el oficialismo incluso batallaba para obtener un dictamen de comisión, Alberto entendió que era el momento adecuado para hablar de su reelección.
El quiebre provocado por el FMI puede derivar, más allá de que le haya prolongado la vida económica, en una oportunidad política para el Presidente. Pero debería ser otro Presidente, distinto al que se conoció hasta hoy. Sin resultados positivos para mostrar, con las consecuencias aún no dimensionables de las medidas económicas que se vienen, la única puerta de que dispone Alberto para tener aunque sea una débil luz de posibilidad en las elecciones del año próximo, es apostar por la construcción de una épica no de la confrontación pero sí de la independización. Asentado en los gobernadores que lo apoyan, en sus socios legislativos, puede encarar al menos el intento de crear un liderazgo propio, alejado de la sumisión perpetua.
El otro camino que intentó, el de la aceptación constante, ha llevado a Alberto hasta donde está. Siempre se ha negado a abandonar a Cristina; tal vez ahora razone distinto, al comprobar que su vice ya lo ha abandonado a él.
Pero si las conductas futuras pueden predecirse por las pasadas -aunque el ser humano no suele ser así de simple-, los antecedentes de Fernández no abonan precisamente el camino de la rebelión.
El Presidente es un político inestable, contradictorio, que sólo fue constante en la absorción de las humillaciones propinadas por Cristina. En el resto, oscila. Mientras sus diputados negociaban con la oposición, Alberto decía que, en realidad, él desprecia al FMI, en un intento por agradar al sector más duro del Frente de Todos que, al juzgar por los resultados, no se vio seducido por sus palabras.
El acuerdo con el Fondo no es, por supuesto, motivo de orgullo ni una oportunidad para festejar. Principalmente, porque el país emprende un camino económico no por decisión propia sino por imposición externa y porque de ahora en más se someterá a revisiones y evaluaciones que no refuerzan precisamente la soberanía política. Pero es la falta de convicción de Fernández lo que desconcierta, su pendular constante, que en este caso pasó de decir que se trata de un acuerdo que no implicará un ajuste y permitirá sostener el crecimiento, a hablar de su desprecio por el FMI.
Al considerar los números lineales, la votación en Diputados fue abrumadora:202 votos a favor sobre 257. Pero una de las paradojas de lo que ocurrió, una de las rarezas, es que ese número holgado no fortaleció al Gobierno sino que expuso su debilidad. Una debilidad motivada por la conformación de los 202 votos.
Pero, además, porque lo único que obtuvo el oficialismo en el Congreso, que tuvo el pragmatismo necesario para no naufragar ni provocar un desastre, fue una autorización genérica. Paralelamente, sus medidas, las que comenzará a ejecutar están absolutamente huérfanas de respaldo político.
El Frente de Todos jamás encontró canales para evitar que sus diferencias explotaran y se expusieran. Algo distinto ocurrió en la vereda contraria, en Juntos por el Cambio, que si bien está envuelto en una interna descarnada por los posicionamientos hacia 2023, terminó unificando una postura y presentándose ante la sociedad como una fuerza política sensata a pesar de haber sido su gestión, la de Macri, la que recurrió al Fondo cuando ya nadie le prestaba y asumió un compromiso impagable de principio a fin.
El desconcierto que reina en el Frente de Todos puede graficarse con un dato: esa coalición tiene tres diputados en Córdoba. Los tres votaron distinto. Usaron el arco completo de posibilidades: Gabriela Estévez votó en contra, Eduardo Fernández a favor y Pablo Carro se abstuvo.
Después hay quienes se preguntan por qué el kirchnerismo es una fuerza anémica en Córdoba; no es una característica sólo adjudicable a la sociedad y a su derechización. El kirchnerismo cordobés, el mismo que le dio a Alberto sólo uno de los tres votos posibles, suele reprocharle al schiarettismo su falta de acompañamiento, su indiferencia con la suerte del gobierno nacional. Pero si hubo un momento en que la gestión del Frente de Todos -o lo que queda de él- los necesitó fue en la madrugada del viernes.
El schiarettismo, que había anunciado su abstención, finalmente votó a favor del acuerdo con el FMI. Lo hizo amparado en que su decisión no sólo lo haría aparecer contrapuesto a la irresponsabilidad de Máximo y los suyos sino, además, en que su discurso y su acción lo pusieron más del lado de Juntos por el Cambio que de una supuesta funcionalidad a la Casa Rosada. Así, su chapa de antikirchnerista se mantuvo intacta.

