El fiscal federal Federico Delgado es una de las figuras centrales en la tercera edición del Congreso Imagina que organiza la Fundación Fada en el predio de la Sociedad Rural. Crítico de la Justicia, no duda en señalar que ese poder tiene un dianóstico de crisis “y lo sintetiza el debate de estas horas sobre si comenzaba o no el juicio a Cristina Kirchner. Porque más allá de lo que estamos viendo, el trasfondo es que la palabra de los jueces y los fiscales está sospechada, que es el peor de los escenarios”.
El fucionario judicial remarcó que “el máximo capital que tiene un juez o un fiscal es la credibilidad. Y la apuesta democrática supone que nosotros resignamos nuestra capacidad de resolver nuestros conflictos mano a mano, de pelearnos y de agarrarnos a trompadas, y eso lo depositamos en el Estado para que sean los jueces y fiscales los que los resuelvan de acuerdo a la ley”, remarcó.
Pero agregó: “Eso requiere de credibilidad y confianza y cuando eso se desintegra estamos en un escenario de gravedad extrema y que concretamente se agudizó muchísimo en los últimos tres o cuatro meses, desde el caso D’Alesio en adelante. Y pienso que más que nunca la República está llorando y pide a gritos que alguien se haga cargo de solucionar sus patologías. Creo que es un momento para pensar, para reflexionar, para dejar de lado cuestiones personales y egoísmos, y con franqueza sentarse a una mesa aquellas personas que aceptaron altas responsabilidades institucionales con los ciudadanos, profesores, gremios, empresarios, todos, para resolver qué vamos a hacer con la Justicia porque es la que interviene todo el tiempo en nuestras vidas”, recordó.
En las causas de Cristina parece que corriera según los tiempos políticos...
Esto no lo digo yo, lo dicen los hechos. Primero que la Justicia es débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Además, tiene la tendencia de no investigar al poder que está en el Gobierno y avanzar en investigar luego de que alguien deja el poder.
Investiga la historia...
Exactamente, investiga la historia. Eso no está bien. Hace tres o cuatro meses los juicios contra Cristina Kirchner eran un auto último modelo que avanzaba sobre una autopista en quinta a fondo y hace ya unos meses esa velocidad bajó. Son hechos objetivos que están comprobados y muestran que la Justicia tiene paredes que deberían ser blindadas, y que están demasiado agujereadas por donde se cuelan intereses que no son solamente los de la Constitución y hace que algunos expedientes se muñequeen más de lo debido. Eso se da en un clima de desconfianza y en casos tan pero tan sensibles como el de Cristina Kirchner, que se trata de una expresidenta, y hechos muy graves, muy complejos, con muchos imputados. Y cuando los poderes no explican lo que van a hacer pasan estas cosas. Porque me parece que desde el punto de vista legal nada impide que la Corte haga su trabajo y que los jueces del tribunal hagan el suyo, el problema es que no se explicó. La Corte lo hizo dos días después de lo que correspondía; si hubiera comunicado antes y mejor me parece que nos hubiésemos ahorrado algunos problemas. Se mezcla allí irresponsabilidad, intereses políticos y los problemas que tiene nuestra Justicia.
En los últimos meses la marcha de las causas parece ir al ritmo de las encuestas...
No sé si los jueces lo hicieron ex profeso o no. Pero comparto eso, porque si uno mira la dinámica del tribunal de las encuestas y ve cómo se mueve el tribunal de la Constitución va a ver que hay relaciones positivas.
¿Cómo se cambia, con estos integrantes o con otros?
Ojalá fuera un problema de integrantes porque en ese caso los cambiamos y se acabó. Pero creo que si traemos 10 rabinos, 10 pastores, 10 cardenales, la Justicia va a seguir trabajando igual. Hay mucha gente buena en la Justicia, mucha gente que trabaja bien. Pero lo que se necesita es cambiar el sistema. Hay un sistema que está anclado en prácticas y costumbres que empiezan con la designación de los magistrados y se prolongan en la ausencia de premios y castigos para premiar al bueno y castigar al malo, y finalizan con que se ha dejado que este sistema se extienda, crezca y se termine constituyendo en una suerte de monstruo. Por eso insisto en la necesidad de sentarse alrededor de una mesa para pensar tres momentos: la designación de los magistrados, la formación de los abogados, los premios y castigos, y después crear mecanismos de vigilancia pública para el sistema.
¿Hay modelos a seguir?
Hay muchísimos. Muchos países han pasado por esto y tuvieron momentos parecidos. La diferencia es que tomaron el toro por las astas y no quisieron atarlo con alambre. Hay que dejar el alambre, que es un rasgo bien argentino, y es tiempo de tomar el toro por las astas, sentarse a discutir en serio qué hacemos y después soportar lo que significa tener una Justicia autónoma e independiente. Porque esto de tener a Guardiola o a Bielsa, por ahí te llevan a la final de la Champions, pero hay que soportarlos en el día a día. Es un trabajo duro.
¿Depende de una iniciativa política para que cambie algo de lo que la política hace uso?
Me parece que el nivel de reclamo de regeneración institucional es tan pero tan alto, y tan fuerte, presente en todos los espacios sociales, que creo que los hechos se van a terminar de imponer más allá de la voluntad de los actores políticos y los dirigentes en su conjunto. En un país que necesita inversiones, hace falta que el hombre que trae su capital tenga la certeza de que las condiciones se van a respetar; en una sociedad con los grados de violencia como la nuestra necesitamos un cuerpo de jueces y fiscales que resuelvan, y en un país con tanta corrupción, ya desde hace mucho tiempo y que seguramente continuará un tiempo más, hace falta una Justicia que la sancione. Por eso digo que los hechos se van a imponer.
¿Cómo es el trabajo dentro del sistema como está hoy?
Es difícil. No somos héroes los que tratamos de hacer las cosas bien, pero es difícil porque trabajamos como un trapecista sin red. Las instituciones deberían darnos tranquilidad para trabajar en paz, con una red de contención. Pero pasa como en los circos y muchas veces abajo no hay nada.
Parece no ser sólo un problema de confianza en la Justicia, sino en las instituciones en general...
Es que nos tenemos que reconstruir nosotros. Todo eso no deja de expresarnos; a algunos más y a otros menos. Los argentinos tenemos que pensar qué queremos. Cumplimos la ley cuando nos conviene y tratamos de eludirla si nos genera una obligación. Es una decisión individual y colectiva de si queremos de verdad vivir organizados en base a derechos, asumir ese trabajo o vivir como hasta ahora, con un pie de un lado y un pie en otro.
Pero agregó: “Eso requiere de credibilidad y confianza y cuando eso se desintegra estamos en un escenario de gravedad extrema y que concretamente se agudizó muchísimo en los últimos tres o cuatro meses, desde el caso D’Alesio en adelante. Y pienso que más que nunca la República está llorando y pide a gritos que alguien se haga cargo de solucionar sus patologías. Creo que es un momento para pensar, para reflexionar, para dejar de lado cuestiones personales y egoísmos, y con franqueza sentarse a una mesa aquellas personas que aceptaron altas responsabilidades institucionales con los ciudadanos, profesores, gremios, empresarios, todos, para resolver qué vamos a hacer con la Justicia porque es la que interviene todo el tiempo en nuestras vidas”, recordó.
En las causas de Cristina parece que corriera según los tiempos políticos...
Esto no lo digo yo, lo dicen los hechos. Primero que la Justicia es débil con los fuertes y fuerte con los débiles. Además, tiene la tendencia de no investigar al poder que está en el Gobierno y avanzar en investigar luego de que alguien deja el poder.
Investiga la historia...
Exactamente, investiga la historia. Eso no está bien. Hace tres o cuatro meses los juicios contra Cristina Kirchner eran un auto último modelo que avanzaba sobre una autopista en quinta a fondo y hace ya unos meses esa velocidad bajó. Son hechos objetivos que están comprobados y muestran que la Justicia tiene paredes que deberían ser blindadas, y que están demasiado agujereadas por donde se cuelan intereses que no son solamente los de la Constitución y hace que algunos expedientes se muñequeen más de lo debido. Eso se da en un clima de desconfianza y en casos tan pero tan sensibles como el de Cristina Kirchner, que se trata de una expresidenta, y hechos muy graves, muy complejos, con muchos imputados. Y cuando los poderes no explican lo que van a hacer pasan estas cosas. Porque me parece que desde el punto de vista legal nada impide que la Corte haga su trabajo y que los jueces del tribunal hagan el suyo, el problema es que no se explicó. La Corte lo hizo dos días después de lo que correspondía; si hubiera comunicado antes y mejor me parece que nos hubiésemos ahorrado algunos problemas. Se mezcla allí irresponsabilidad, intereses políticos y los problemas que tiene nuestra Justicia.
En los últimos meses la marcha de las causas parece ir al ritmo de las encuestas...
No sé si los jueces lo hicieron ex profeso o no. Pero comparto eso, porque si uno mira la dinámica del tribunal de las encuestas y ve cómo se mueve el tribunal de la Constitución va a ver que hay relaciones positivas.
¿Cómo se cambia, con estos integrantes o con otros?
Ojalá fuera un problema de integrantes porque en ese caso los cambiamos y se acabó. Pero creo que si traemos 10 rabinos, 10 pastores, 10 cardenales, la Justicia va a seguir trabajando igual. Hay mucha gente buena en la Justicia, mucha gente que trabaja bien. Pero lo que se necesita es cambiar el sistema. Hay un sistema que está anclado en prácticas y costumbres que empiezan con la designación de los magistrados y se prolongan en la ausencia de premios y castigos para premiar al bueno y castigar al malo, y finalizan con que se ha dejado que este sistema se extienda, crezca y se termine constituyendo en una suerte de monstruo. Por eso insisto en la necesidad de sentarse alrededor de una mesa para pensar tres momentos: la designación de los magistrados, la formación de los abogados, los premios y castigos, y después crear mecanismos de vigilancia pública para el sistema.
¿Hay modelos a seguir?
Hay muchísimos. Muchos países han pasado por esto y tuvieron momentos parecidos. La diferencia es que tomaron el toro por las astas y no quisieron atarlo con alambre. Hay que dejar el alambre, que es un rasgo bien argentino, y es tiempo de tomar el toro por las astas, sentarse a discutir en serio qué hacemos y después soportar lo que significa tener una Justicia autónoma e independiente. Porque esto de tener a Guardiola o a Bielsa, por ahí te llevan a la final de la Champions, pero hay que soportarlos en el día a día. Es un trabajo duro.
¿Depende de una iniciativa política para que cambie algo de lo que la política hace uso?
Me parece que el nivel de reclamo de regeneración institucional es tan pero tan alto, y tan fuerte, presente en todos los espacios sociales, que creo que los hechos se van a terminar de imponer más allá de la voluntad de los actores políticos y los dirigentes en su conjunto. En un país que necesita inversiones, hace falta que el hombre que trae su capital tenga la certeza de que las condiciones se van a respetar; en una sociedad con los grados de violencia como la nuestra necesitamos un cuerpo de jueces y fiscales que resuelvan, y en un país con tanta corrupción, ya desde hace mucho tiempo y que seguramente continuará un tiempo más, hace falta una Justicia que la sancione. Por eso digo que los hechos se van a imponer.
¿Cómo es el trabajo dentro del sistema como está hoy?
Es difícil. No somos héroes los que tratamos de hacer las cosas bien, pero es difícil porque trabajamos como un trapecista sin red. Las instituciones deberían darnos tranquilidad para trabajar en paz, con una red de contención. Pero pasa como en los circos y muchas veces abajo no hay nada.
Parece no ser sólo un problema de confianza en la Justicia, sino en las instituciones en general...
Es que nos tenemos que reconstruir nosotros. Todo eso no deja de expresarnos; a algunos más y a otros menos. Los argentinos tenemos que pensar qué queremos. Cumplimos la ley cuando nos conviene y tratamos de eludirla si nos genera una obligación. Es una decisión individual y colectiva de si queremos de verdad vivir organizados en base a derechos, asumir ese trabajo o vivir como hasta ahora, con un pie de un lado y un pie en otro.

