Opinión | martin-llaryora |

Llaryora acelera y apuesta a dividir

El gobernador instaló la campaña dos años antes. Opera sobre el tiempo y sobre la oposición: subió a sus tres rivales al ring. En Río Cuarto, De Rivas quiere empezar a construir hitos de gestión

Por si quedaban dudas de que en Laboulaye Martín Llaryora no abrió el período de sesiones legislativas sino que inauguró la campaña para su reelección, tres días después se fue hasta el barrio Empalme Obrero, en Córdoba capital, y se dedicó a golpear puertas y a hablar con los vecinos. El “casa por casa” es una actividad que suele verse cuando faltan días para ir a las urnas, no cuando quedan dos años de gestión.

Si bien su antecesor directo es Juan Schiaretti, Llaryora tiene algunas pinceladas de José Manuel de la Sota, que también ponía el cuerpo cada vez que la tenía difícil. Cuando se peleó con Néstor Kirchner, por ejemplo, con aquel Kirchner inicial que tenía una imagen por las nubes y un poder incontrastable, y que quería dominar por completo todas las vertientes del peronismo, De la Sota salió a hacer campaña, recorrió barrios y tomó mates con la gente, para hacerse fuerte y conservar un territorio que estaba bajo amenaza.

Los tiempos históricos son distintos, pero ahora Llaryora percibe lo mismo: que está en una situación incómoda, sitiada, cuando todavía no ha podido consolidar su propio proyecto de poder. En el círculo del gobernador admiten que la elección de 2027 se perfila como de alta complejidad y que no dependerá sólo de cómo llega el oficialismo sino, sobre todo, del estado en que se encuentre la oposición. “Ya hoy podemos decir que va a ser para contar voto a voto”, se adelantan en el oficialismo.

El propio Llaryora decidió acelerar los tiempos, hacer que la pelea empiece ahora, cuando falta tanto. La apertura de sesiones en Laboulaye fue una simulación: aparentó ser un acto formal, pero fue, en realidad, una acción de trinchera, una invitación a la confrontación.

Primero, las propias palabras del gobernador, el contenido, tuvieron como norte la elección de 2027. Por ejemplo, después de aplicar una rebaja impositiva por 900 mil millones de pesos, anticipó que el año próximo profundizará esa senda. En el llaryorismo vienen sosteniendo que es una decisión tomada, que habrá reducciones tributarias importantes que no apuntarán tanto a la reconfiguración de la matriz económica e impositiva de la provincia sino, fundamentalmente, al impacto electoral. “Vamos a hacer lo que sea necesario. Si hay que bajar un 50 por ciento el Inmobiliario, no vamos a dudar”, relataron en el oficialismo. Llaryora juega fuerte cuando lo que está en cuestión es el poder. Y más aún si se trata de su propio poder.

El gobernador también les habló a los jubilados provinciales. No sólo anunció el aumento del haber mínimo a 800 mil pesos mensuales, lo que actuó como contraste con los lejanos 420 mil pesos que cobran los jubilados nacionales, sino que señaló que cada vez más cordobeses recuperarán el 82 por ciento. Y, también, activó un miedo que cada tanto vuelve entre los gremios estatales: “No voy a transferir la Caja a la Nación -dijo Llaryora-. Conmigo los jubilados de Córdoba están protegidos”. Fue, claramente, un argumento de campaña. Así como él dio garantías, buscó implantar la duda con respecto a la oposición. Un eventual candidato como el libertario Gabriel Bornoroni, por ejemplo, ¿diría lo mismo de manera tan taxativa?.

Pero más allá del contenido, de las promesas y los compromisos, hubo en el discurso de Llaryora un componente inusual en los actos de apertura: la apelación directa, frontal, a los opositores. El gobernador planteó, cuando le faltan dos años de gestión, un cuerpo a cuerpo, un nivel de confrontación que nació intenso y que tiene por delante un desarrollo impredecible.

Desde que se calzó el traje del poder en Córdoba, hace ya más de 26 años, el peronismo provincial entendió que sus posibilidades de permanencia estaban vinculadas a sostener algunas alianzas y, electoralmente, a operar sobre el adversario. En más de una oportunidad, el oficialismo ganó no tanto por su performance sino por la fragmentación en la vereda de enfrente.

En ese sentido, Llaryora está ensayando, prematuramente, un movimiento clásico del PJ cordobés. Después de que habló en Laboulaye, Luis Juez y Rodrigo De Loredo compartieron un diagnóstico: vieron a un gobernador sacado, nervioso. “Histérico”, dijo el senador del Frente Cívico.

Sin embargo, una persona sacada raramente piensa en las consecuencias de sus actos o de sus palabras. Llaryora ejecutó un discurso vehemente, peleador, provocador, y hasta jugó en los límites en algunos tramos, pero no fue un enojo desprovisto de sentido, un acto irracional de un gobernante desencajado. Apuntó a obtener una consecuencia: al radical Rodrigo De Loredo le apuntó expresamente y lo convalidó como adversario, e hizo lo mismo con Juez. Los dos ya venían con el traje calzado de candidatos a gobernador para el 2027 y después de que Llayora los llevara al ring no hicieron otra cosa que ratificar que están en carrera.

A Bornoroni no hizo falta que lo subiera porque corre con la ventaja de ser un libertario puro que goza de la simpatía de la hermandad presidencial. El gobernador no lo azuzó ni lo enfrentó de manera directa -en parte porque mantiene el cese de hostilidades con la Casa Rosada después de la derrota de octubre- pero lo equiparó a través de la imagen. Los tres dirigentes opositores llegaron juntos al acto de Laboulaye y se sentaron uno al lado del otro, para mostrar unidad: el oficialismo intentó aprovechar esa proximidad física y la transmisión oficial los enfocó cada vez que Llaryora castigaba a la oposición. Era una ofensiva que actuaba por asociación.

El gobernador pretende que los tres lleguen con chances y que esa paridad haga imposible un acuerdo. Si esa jugada fallara, el panorama sería más complejo. Incluso si lograra recomponer la relación con Natalia De la Sota y la tentara para volver.

¿Acertó Llaryora al precipitar los tiempos o se apuró?¿Es ahora el momento del enfrentamiento abierto? Es la duda que ronda por estas horas en el peronismo. Porque, además, el gobernador llevó la confrontación a todos los planos, incluso al institucional. Al juecismo, el ministro de Seguridad, Juan Pablo Quinteros, lo denunció penalmente por frenar en el Tribunal de Cuentas la compra de 15 drones para la Policía. Así, la disputa se transformó en un conflicto de poderes. Y el oficialismo no es selectivo con la selección de las armas; las usa a todas. A los vocales del órgano de control los expuso al mostrar sus recibos de sueldo:14,5 millones de pesos en bruto, 9,4 millones de bolsillo.

La incógnita es hasta dónde escalará el tono y la acción de la disputa. Y qué derivaciones generará. Luis Juez les dijo a los suyos que Llaryora cometió un error que De la Sota siempre evitó. “El Gallego decía: los vamos a vaciar financieramente, los vamos a destruir políticamente, pero lo que no tenemos que regalarles jamás es el escenario judicial. Y ahora lo hicieron. Nos van a tener que aguantar”, les transmitió el senador a sus allegados. La actitud de Llaryora le dio un protagonismo que Juez festeja. Para equilibrar un poco las cargas, el gobernador se lo dio también a De Loredo.

Por otro camino

Un día después de que Llaryora se despachara contra la oposición y plantara una campaña anticipada, en Río Cuarto también hubo una apertura de sesiones. A otra escala, por supuesto. Pero hubo un contraste que fue evidente: mientras el gobernador eligió la virulencia, el intendente Guillermo De Rivas optó por un estilo casi monacal. No sólo evitó el plano del conflicto -en parte porque la oposición local es diferente a la provincial- sino que además reivindicó el valor del diálogo y el consenso. Una estrategia diferente, a pesar de que De Rivas insiste en que forma parte del equipo del gobernador. Ya había optado por un camino propio cuando, en medio de las presiones sociales y políticas, eligió sostener la suba en las boletas de los impuestos y los servicios. “Nos generó bastante ruido, pero fue una cuestión de supervivencia. Si no lo hacíamos, no íbamos a poder gobernar”, dicen en el Palacio.

La Municipalidad viene de un 2025 atravesado por el déficit: 207 millones por mes. Cerca del intendente aseguran que esa situación va a cambiar y que ya no habrá la estrechez presupuestaria que padecieron durante dos años.

Más allá del discurso, De Rivas mostró una serie de acciones en la semana posterior: adjudicó la licitación del alumbrado, anunció un loteo a valores subsidiados, y avanzó con la licitación de la recolección de residuos. “Por primera vez, va a haber una competencia en serio entre dos empresas por un servicio de 2.200 millones de pesos al mes”, indican.

En el Palacio existe la autoconciencia de una limitación fundamental: hasta ahora, la gestión no ha generado hitos propios que se asocien directamente a De Rivas. Con algunas obras y programas que el intendente anunció en el Viejo Mercado, como por ejemplo la doble vía de Reforma Universitaria o el programa de incentivo al desarrollo, espera comenzar a construir una imagen propia, identificable.

En el fondo, también es el inicio de un recorrido electoral. Por otras vías. Con otros métodos.