Eduardo Antonio Carrizo. Mona, como se lo apoda desde muy chico, ha sido un deportista que, en cuanta disciplina que practicó, se destacó.
Puntal, en una serie de entrevistas que tiene previstas en el espacio “Te acordás de...”, hoy dialogó con este protagonista de mil y un recuerdos.
“Cuando yo era muy chico me sabía subir seguido a las plantas y hacía travesuras que no correspondían. Por entonces había muchas quintas y con un grupo de amigos íbamos y sacábamos los frutos. Fue allí que me pusieron Mona”, así comienza su relato Eduardo Carrizo.
Si bien uno presumía que el apodo estaba directamente relacionado con el deporte, él mismo se encargó de contarnos el origen de su sobrenombre. No recuerda con precisión a quién se le ocurrió llamarlo así.
Al consultarle cuál fue el primer deporte que practicó, relató: “Al baby en la iglesia de Fátima. Fue a los seis años. Primero con Estrella Azul y luego con Sagrados Corazones.
Luego, a los ocho años, comencé a jugar al básquet en Gorriones, cuando la cancha estaba en calle Constitución al 500. Tenía tiempo para las dos cosas, eso sí, estudiaba poco. Con los años mi padre me dijo que decidiera si iba a estudiar o trabajar. Así que me fui a trabajar a la joyería con él. Pero seguí jugando a las dos cosas”.
Pasaron los años y Carrizo llegó a la cancha grande: “Empecé a entrenar con Jorge Omar Sturniolo, mi maestro, mi profesor. Un tipazo.
Luego fui subiendo de sexta a quinta, a cuarta y cuarta especial, y después hice algunos partidos en primera.
Pero combinaba el fútbol con el básquetbol con el profesor Santos Pérez.
Lo hacía todo en forma paralela. Iba a entrenar a Estudiantes y luego pasaba por Gorriones. Es más, recuerdo que en una época entrenábamos en el club Maipú porque se estaba edificando la nueva sede, la de calle Alberdi, donde sigue estando Gorriones. Mi papá era el presidente por entonces. Y la cancha estaba ubicada al revés de como está en la actualidad”.
Carrizo ha sido un incansable deportista. Más allá de las anteriores disciplinas, en las que se destacó, también hizo otras como el tenis de mesa. “Jugaba en el Club Chacabuco y tuve la suerte de ganar en segunda categoría, ascender a primera. Fui campeón provincial juvenil y llegué a jugar en un campeonato argentino.
También jugué a las bochas y con unos 14 o 16 años, no recuerdo bien, fui campeón provincial en parejas.
Es más, también participé de pruebas de biatlón.
Seguro que te preguntás cómo es que podía hacer todo. Lo hacía, lo que me importaba era hacer deportes”.
Mona tiene muchos recuerdos de su época de futbolista y de basquetbolista.
“Tuve la suerte de jugar los campeonatos Imbo y enfrentar con Estudiantes a uno de los mejores medio campos del país, Ardiles-Kempes-Bertoni, que estaban en Instituto de Córdoba.
Y ni te cuento con los equipos de básquet y la selección de Río Cuarto todos los torneos en los que participé y ganamos o tuvimos muy buenas participaciones. Podría estar un largo tiempo contándote sobre todo los vivido con estos dos deportes”.
Hoy, inquieto como siempre, juega de nuevo al tenis de mesa y al billar tres bandas, aunque debido a una lesión que tiene en uno de sus pies no puede despuntar el vicio de pegarle a la redonda o bien tirar al aro con la naranja. Pero se está rehabilitando y seguro Mona pronto volverá a estar en esos campos de juego.
Su padre, Francisco Rafael, también fue un incansable atleta. Es más, recuerda su hijo Eduardo que “Rafa” corrió por décima vez la Maratón de los Dos Años con 79 años. Así que los Carrizo son de no parar y estar activos.
“Cuando yo era muy chico me sabía subir seguido a las plantas y hacía travesuras que no correspondían. Por entonces había muchas quintas y con un grupo de amigos íbamos y sacábamos los frutos. Fue allí que me pusieron Mona”, así comienza su relato Eduardo Carrizo.
Si bien uno presumía que el apodo estaba directamente relacionado con el deporte, él mismo se encargó de contarnos el origen de su sobrenombre. No recuerda con precisión a quién se le ocurrió llamarlo así.
Al consultarle cuál fue el primer deporte que practicó, relató: “Al baby en la iglesia de Fátima. Fue a los seis años. Primero con Estrella Azul y luego con Sagrados Corazones.
Luego, a los ocho años, comencé a jugar al básquet en Gorriones, cuando la cancha estaba en calle Constitución al 500. Tenía tiempo para las dos cosas, eso sí, estudiaba poco. Con los años mi padre me dijo que decidiera si iba a estudiar o trabajar. Así que me fui a trabajar a la joyería con él. Pero seguí jugando a las dos cosas”.
Pasaron los años y Carrizo llegó a la cancha grande: “Empecé a entrenar con Jorge Omar Sturniolo, mi maestro, mi profesor. Un tipazo.
Luego fui subiendo de sexta a quinta, a cuarta y cuarta especial, y después hice algunos partidos en primera.
Pero combinaba el fútbol con el básquetbol con el profesor Santos Pérez.
Lo hacía todo en forma paralela. Iba a entrenar a Estudiantes y luego pasaba por Gorriones. Es más, recuerdo que en una época entrenábamos en el club Maipú porque se estaba edificando la nueva sede, la de calle Alberdi, donde sigue estando Gorriones. Mi papá era el presidente por entonces. Y la cancha estaba ubicada al revés de como está en la actualidad”.
Carrizo ha sido un incansable deportista. Más allá de las anteriores disciplinas, en las que se destacó, también hizo otras como el tenis de mesa. “Jugaba en el Club Chacabuco y tuve la suerte de ganar en segunda categoría, ascender a primera. Fui campeón provincial juvenil y llegué a jugar en un campeonato argentino.
También jugué a las bochas y con unos 14 o 16 años, no recuerdo bien, fui campeón provincial en parejas.
Es más, también participé de pruebas de biatlón.
Seguro que te preguntás cómo es que podía hacer todo. Lo hacía, lo que me importaba era hacer deportes”.
Mona tiene muchos recuerdos de su época de futbolista y de basquetbolista.
“Tuve la suerte de jugar los campeonatos Imbo y enfrentar con Estudiantes a uno de los mejores medio campos del país, Ardiles-Kempes-Bertoni, que estaban en Instituto de Córdoba.
Y ni te cuento con los equipos de básquet y la selección de Río Cuarto todos los torneos en los que participé y ganamos o tuvimos muy buenas participaciones. Podría estar un largo tiempo contándote sobre todo los vivido con estos dos deportes”.
Hoy, inquieto como siempre, juega de nuevo al tenis de mesa y al billar tres bandas, aunque debido a una lesión que tiene en uno de sus pies no puede despuntar el vicio de pegarle a la redonda o bien tirar al aro con la naranja. Pero se está rehabilitando y seguro Mona pronto volverá a estar en esos campos de juego.
Su padre, Francisco Rafael, también fue un incansable atleta. Es más, recuerda su hijo Eduardo que “Rafa” corrió por décima vez la Maratón de los Dos Años con 79 años. Así que los Carrizo son de no parar y estar activos.

