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No podía haber un final distinto en el guión

La carrera del mejor del mundo no podía quedar con el casillero de la copa del mundo vacío; la justicia futbolera no lo podía permitir. Iba a ser una cuenta pendiente para la eternidad. No fue así, pero antes, hubo un drama con final para desfibrilador

El técnico de la sorprendente Arabia Saudita, Hervé Renard, que ganó fama mundial con el triunfo de su equipo sobre la Argentina en el primer partido del grupo, sorprendió con su pronóstico tras aquel partido: no sólo dijo que el campeón de América iba a pasar de grupo, sino que además se quedaría con la copa. A esa altura parecía una utopía, no porque el equipo no tuviera cómo hacerlo, sino por el impacto recibido en el debut en Doha, y las lógicas dudas que desató. A partir de allí fue cuesta arriba, con finales cada tres días y sin margen de error. Había que ganar seis partidos para que el pronóstico de Renard se cumpliera.

Claro que el camino de la selección argentina de fútbol era indivisible de la figura de Lionel Messi, porque el capitán de 35 años se enfrentaba con su última posibilidad de levantar la copa del mundo, el único trofeo que no tenía en su vitrina. Su estelar carrera que lo llevó a dominar la escena del deporte más difundido del mundo durante 20 años, y que contiene capítulos de idas y vueltas con la selección, ingresa en su recta final. Y lo hace lejos de parecerse a un ocaso. El extraordinario desempeño alcanzado a partir de la caída del debut reveló con creces por qué aún el cetro no está en discusión.

Hubo una articulación evidente entre jugadores, cuerpo técnico y directivos que desde hacía mucho tiempo no se daba. Y que fácilmente se reflejó

Pero el recorrido esta vez no fue casual y dejó traslucir en todo momento el trabajo realizado aun antes de llegar a Medio Oriente. Este equipo comenzó a forjarse con anticipación, incluso antes de alzar la Copa América a mediados del año pasado, ante Brasil en el Maracaná.

Hubo una articulación evidente entre jugadores, cuerpo técnico y directivos que desde hacía mucho tiempo no se daba. Y que fácilmente se reflejó en los abrazos del final. Antes también, con la llegada a la concentración de Gio Lo Celso, las visitas frecuentes del Kun Agüero -hasta que finalmente terminó ocupando una cama en las habitaciones- y el desembarco final de Nico González y el Tucu Correa, los dos que debieron dejar la concentración a horas de iniciarse el mundial por lesiones. Había una comunión especial afuera que se reflejaba adentro. Argentina fue ante todo un equipo solidario, sin vanidades, que en todo momento actuó como grupo y buscó el beneficio colectivo postergando los intereses particulares. Incluso hubo otra vez una intención manifiesta de los jugadores de “dejar todo” para ganar la copa “por Leo”. Como ocurrió en la Copa América, los compañeros del mejor del mundo no dejaban de expresar su vocación de esforzarse hasta el límite para que Messi pudiera tener ese final hollywoodense que su carrera reclamaba a gritos a medida que el final se acercaba velozmente. No había lugar para otro descenlace. La justicia futbolística no podía permitir que ese casillero del 10 quedara vacío. Algo no iba a cerrar como debía. Quedaría un sinsabor para la eternidad imposible de subsanar. Era el presente por la historia.

Claramente esto se trataba de un drama, como no podía ser diferente en Argentina. La final ante la poderosa Francia hacía prever un camino espinoso

Pero como en toda trama, las sorpresas y los obstáculos aflorarían cuando todo parecía un camino de rosas. Claramente esto se trataba de un drama, como no podía ser diferente en Argentina. La final ante la poderosa Francia hacía suponer un camino espinoso, sin embargo el desempeño del equipo albiceleste se pareció a una banda sinfónica. Perfecto. Todo bajo control y marcando diferencias siderales con “les bleus”. Pero sobre el final se despertó el villano y todo cambió en una ráfaga. Otra vez a sufrir a más no poder. De una tarde ideal en la playa de Doha pasamos a una tormenta de arena que amenazaba con no dejar nada en pie. Pero los pilares del equipo eran sólidos y lo volvieron a demostrar. El cierre del partido estuvo para cualquiera de los dos. En la última, Dibu Martínez volvió a demostrar que es un arquero que gana partidos y torneos. Y después terminó de coronarse otra vez en los penales ante los campeones del mundo para que el festejo sea todo celeste y blanco.

Trabajo, disciplina, mérito, un cuerpo técnico que conduce con simpleza y claridad, tomando las decisiones que hay que tomar, aunque sean dolorosas, para el beneficio del conjunto, y una dirigencia que se encarga de que a los otros dos eslabones no les falte nada. En las tribunas, miles de argentinos alentando sin parar durante un mes. En el país, una marea celeste y blanca que alentaba e inundaba las calles de pueblos y ciudades. Todos con el mismo objetivo. Y claro que surgieron contratiempos, desde el primer minuto con Arabia, y más tarde con México, y llegó Países Bajos y en la infartante final, Francia. Pero los cimientos permanecieron intactos en el vendaval y de allí se erigió el triunfo. Nadie como Argentina mereció esa copa que tantas lágrimas costó, tantos nudos en la garganta, tanta sensación de asfixia.

Y si algo dejará para la posteridad será que con un plan, un método, mucho trabajo y esfuerzo, y la búsqueda del beneficio colectivo, hay más probabilidades de éxito. Messi solo nunca pudo salir campeón. Ni Messi lo logró. Es necesario un equipo que funcione en plenitud. Un plan y un empuje colectivo. Tal vez sea la oportunidad de advertir ese proceso e intentar traspolarlo a otras esferas en las que seguimos pensando que alguna individualidad podrá salvarnos e irracionalmente insistimos con esa opción.