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En el tiempo oscuro, el ojo empieza a ver

La profesional que escribe esta columna cuenta la experiencia de subir un cerro precordillerano por primera vez y transmite lo aprendido en esa experiencia. "En un momento la ausencia de luz me asustó. En realidad, la oscuridad me aterró", dice

Silvina Ambrosini (*) para diario Puntal

THEODORE ROETHKE, «En el tiempo oscuro»

Hace ya un tiempo, hice algo que me enseñó mucho.

Subí por la noche El Arco, cerro precordillerano situado en las cercanías de la Ciudad de Mendoza. Nunca había realizado una experiencia así.

Dicen que lo mejor es hacerlo en noche de luna llena. Pero justo esa noche nada iluminaba!.

Empezamos el ascenso a las 21 hs, junto a mis sobrinos, alpinistas que ya hicieron varias veces el Aconcagua.

Yo, expectante de saber si podría o no hacerlo, me convertí en una sombra de ellos. Todo lo que hacían, yo intentaba repetirlo. Primera enseñanza: registrar la ignorancia propia para poder absorber la sabiduría del otro.

Sin darme cuenta, hablaba. Creo que para tapar mis nervios. Me dijeron que el silencio era fundamental para concentrarse y enfocar la vista y el alma en el camino, y evitar accidentes. Segunda enseñanza: el silencio nos ayuda y nos compromete más con el camino.

Yo daba pasos grandes. Creo que porque me ganaba la ansiedad y quería llegar… y bajar más rápido!! Mi sobrino me pidió calma. Me advirtió que los pasos se hacen de a uno, y chiquitos. Que el paso grande gasta energía. Que no sirve. Que hay que avanzar de a poco. Tercera enseñanza: pasos cortos.

En un momento la ausencia de luz me asustó. En realidad, la oscuridad me aterró. Me calmaron, diciéndome que el ojo se acostumbraría a dicha ausencia, y empezaría a ver. Dicho y hecho. Mis ojos empezaron a ver. Cuarta enseñanza: atravesar la oscuridad da miedo, pero en un momento se empieza a ver.

Ya acostumbrados mis ojos, y haciendo mi camino con menos miedo y más sabiduría, se nos cruzó un joven que tenía en su frente una vincha con una potente luz. En el momento que pasó por nuestro lado, vi con más claridad todo. Pero al tiempo que se adelantó, su luz, que me había encandilado, se me convirtió en una densa oscuridad. Y me volvió a agarrar el miedo. Hasta que mis ojos volvieron a adaptarse y yo pude ver. Quinta enseñanza: no todo lo que encandila sirve. Y no toda oscuridad es la última.

También me hicieron notar, que son fundamentales las respiraciones cortas. Que, si falta el aire, no es bueno hiperventilar, sino calmarse y realizar respiraciones “chiquitas”. Sexta enseñanza: respirar de manera calmada y con conciencia de ello, ayuda.

Así, aprendiendo y desaprendiendo, abrazando mis temores y mis valentías, respirando, “hicimos cumbre”. Y lo que vi aquella noche, desde aquellos 1800 metros de altura fue maravilloso. Toda la ciudad de Mendoza, iluminada, a nuestros pies.

Bajar no fue fácil. Tuve que utilizar todo lo aprendido: silencio, respiración, pasos cortos, ojos que vieran en lo oscuro, mirar a los que sabían…. Para no caerme!

Ese día, en el Cerro, aprendí mucho.

No solo de alpinismo (actividad que no repetí), sino de la vida.

De los procesos. De los miedos. De la ignorancia. De la oscuridad. Y también del silencio!

(*) Lic. en Trabajo Social (MN 2425) y Psicooncóloga