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Bienvenidos al siglo XXI

Por Armando Gutiérrez*- Especialista en Educación Superior

La pandemia que nos afecta va a producir impactos en múltiples aspectos de nuestra sociedad, económicos, sociales, tecnológicos, culturales, etc. Impactos que aún no podemos dimensionar pero que seguramente van a conformar un mundo con enormes diferencias respecto del que habitábamos antes de la conflagración producida por el coronavirus.

La sociedad industrial, tal cual quedó configurada después de la Segunda Guerra Mundial, venía lentamente siendo reemplazada por la sociedad del conocimiento tal cual se fue configurando desde finales del siglo anterior. El solapamiento entre estos dos tipos de sociedad producía conflictos más o menos graves entre aquellos que no aceptaban modificar conductas ni acciones adaptadas a un mundo globalizado y aquellas otras personas y países que se incorporaban con cierta comodidad a la sociedad del conocimiento que va a marcar el siglo XXI.

De todos los múltiples aspectos de estos cambios que venían madurando quisiera poner la lupa en los de los sistemas educativos, porque me parece que es en los que más fuertemente se marcan las diferencias entre una y otra sociedad y son, a su vez, una de las más importantes herramientas del cambio.

En nuestro país el sistema educativo, en sus contenidos, en la formación docente, en los sistemas de gestión, etc. refleja con bastante precisión el modelo de sociedad industrial del siglo pasado.

En los últimos años la discusión sobre el sistema educativo ha tenido dos contendientes principales: los gremios docentes, por un lado, reclamando aumentos salariales y, en el otro rincón, los funcionarios del Estado sentados sobre la caja y manifestando que no hay más presupuesto. A esto se limitaban los debates sobre la educación y no se volvía a plantear hasta febrero del año siguiente.

Sin embargo, las discusiones sobre cómo debería ser la educación en el siglo XXI, en la sociedad posindustrial, ya se venían dando, pero mayormente limitadas a círculos académicos o de expertos. En general se reconocía la necesidad de la incorporación de las tecnologías de la información y el conocimiento al modelo educativo pero como un proceso lento, que se fuera alcanzando por etapas y sin tener conciencia plena del impacto que iba a tener necesariamente tanto en la formación docente como en los sistemas de gestión educativa.

De pronto, mientras en algunos ámbitos seguíamos compartiendo estas reflexiones, una especie de tsunami, cabalgando sobre el coronavirus, nos llevó por delante y nos planteó con toda crudeza la necesidad de modificar nuestros paradigmas sobre educación.

De un momento a otro no se podían utilizar las aulas físicas ni un mismo espacio real compartido. Los docentes se vieron obligados a trabajar en aulas virtuales con alumnos a distancia. El soporte papel se veía reducido a su mínima expresión, aunque muchos docentes seguían pidiendo a sus alumnos que imprimieran sus trabajos como una manera nostalgiosa de aferrarse a lo conocido y repetido por años. El mundo de la escuela quedó cabeza para abajo. Los docentes hacen lo que pueden en una realidad para la cual no han sido preparados. Y, como siempre, hay de todo. Aquellos que desde antes se sentían cómodos en el manejo de herramientas de la virtualidad, los que se entusiasmaron con el desafío y empezaron a explorar un nuevo universo y los que bajaron los brazos desanimados frente a un muro que no ven posibilidades de flanquear.

Uno de los resultados de las prueba Pisa indica que en el nivel global el 50 por ciento de los docentes no se encuentra cómodo en un entorno virtual. Es un área en la que va a haber que trabajar fuertemente, tanto en los institutos de formación docente como en los docentes que ya están en el sistema. No hay manera de aggiornar el sistema educativo sin la actualización del docente como uno de sus actores primordiales. Van a tener que acostumbrarse a trabajar en forma colaborativa para aprovechar al máximo las innovaciones que se vayan creando a partir de experiencias individuales, sin esperar las decisiones burocráticas de algún funcionario.

Igualmente, los directivos de cada institución deberán promover la capacitación y el trabajo en redes de los docentes sin aguardar directivas superiores. Uno de los efectos de la irrupción de herramientas de virtualidad en el sistema va a ser el empoderamiento para producir innovación por parte de sus actores. El sistema de gestión tendría que acompañar este proceso para ordenarlo pero no para restringirlo. Hay que repensar todo el sistema de gestión.

Por ejemplo, una de las bases para circular por el sistema es la antigüedad docente. En la nueva sociedad del conocimiento la antigüedad, que es un indicador que mide cantidad (el tiempo que hace que alguien realiza una tarea) no va a ser demasiado relevante, y serán más importantes los indicadores de calidad (por ejemplo, capacidad de innovación, de adaptación al cambio y facilidad para el trabajo colaborativo).

Por lo tanto, esta nueva realidad nos incorpora abruptamente a la sociedad del conocimiento. Vamos a tener definir qué ciudadano pretendemos formar, con qué tipo de empleabilidad, cómo van a ser los sistemas de gestión, cuál la formación docente requerida, etc.

La salida de la crisis tendrá que tener a la educación como su prioridad más importante. China tuvo claro esto y desde el comienzo de la pandemia creó una plataforma de enseñanza virtual que permite conectar en simultáneo a 50 millones de estudiantes. Y lo ha hecho en conjunto con las grandes empresas tecnológicas.

Todos van a volver en algún momento a las aulas, pero éstas ya nunca más serán las mismas. Cada vez queda más claro que no podemos hablar de enseñanza “presencial” y enseñanza “a distancia”, sino de una nueva manera de enseñar en la cual el docente y el alumno aun estando en el mismo espacio físico van a utilizar todas las herramientas tecnológicas a su alcance para optimizar el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Pasarán dos o tres meses de cuarentena, el virus en algún momento se va a retirar en derrota, pero podemos imaginarlo sonriendo y diciéndonos: “Les dejé el mundo patas para arriba”. Porque así hemos quedado. Es una buena oportunidad para cambiar los paradigmas, acelerar los cambios y entrar exitosamente al siglo XXI.