Cuando se definió el itinerario de la visita a Córdoba, Río Cuarto estaba en el plan original. Alberto Fernández no sólo iba a llegar a la provincia por primera vez sino también a una de las 24 capitales alternas que tiene el país. Sin embargo, le sugirieron que mejor no lo hiciera, que el clima, con la tensión con el campo todavía fresca por las exportaciones de carne, no era el apropiado. El Presidente que le dio a Río Cuarto el estatus de capital nacional no pudo, al menos por el momento, obtener un rédito derivado de ese acto. En 1999, un gesto similar, aunque de alcance provincial, le permitió a José Manuel de la Sota reinar en el sur casi sin atenuantes durante dos décadas.
Ni lo simbólico ni lo político, ni las obras ni las decisiones parecen acortar las distancias entre el oficialismo nacional y la mayoría de los cordobeses. Alberto estuvo en la provincia después de 18 meses y la visita estuvo atravesada por la frialdad. El distanciamiento, signo de la época pandémica, no fue solamente una medida sanitaria sino una manifestación política.
El Presidente y el gobernador Juan Schiaretti se encargaron de que nadie de confundiera, de que ningún desprevenido creyera que la demorada visita podía implicar además un acercamiento político. Poner el protocolo y la formalidad por encima de todo es también una forma de mensaje político.
Los gestos, los discursos, las reacciones posteriores estuvieron destinados, de un lado y de otro, a resaltar que Fernández y Schiaretti son capaces de sostener una relación institucional a pesar de sus diferencias políticas y sus rencores.
Pero, además, en un año electoral, en el que fundamentalmente el Presidente se juega la presencia legislativa del oficialismo pero además la proyección política de su gestión para los próximos dos años, lo que manifestaron los mandatarios es que entre sus peronismos existen las diferencias suficientes como para no confluir electoralmente.
¿Las puertas están definitivamente cerradas?¿Irán unos y otros por separado a las elecciones previstas para septiembre y noviembre?
La realidad política no suele ser tan simple para instalarse en el sí o en el no.
El schiarettismo es tajante. Sostiene que el entendimiento con el Frente de Todos es imposible, que irá solo aunque encarar una campaña nacional atravesada por la grieta con argumentos provinciales sea siempre complejo. Y la imposibilidad del acuerdo está fundamentada, afirman, por posicionamientos incompatibles -en temas como el campo, los biocombustibles, el manejo de la pandemia- pero sobre todo por razones de supervivencia.
En algún momento, el peronismo cordobesista se embarcó en la idea de que Alberto Fernández podía encarnar un proyecto diferente al de Cristina;estaba incluso dispuesto a colaborar para que el Presidente se desembarazara de su vice. Imaginó el retorno de la liga de gobernadores y un jefe de Estado asentado en ese poder territorial y no en la figura de Cristina. Esa época de cercanía generó asociaciones eventuales que le dieron a Alberto votos en el Congreso y a Schiaretti, obras y fondos.
Sin embargo, la dinámica posterior es conocida: Fernández fue reclinándose cada vez más sobre el costado kirchnerista de la coalición y eso fue alejando, dicen en el schiarettismo, los planetas. El gobernador inició -y hasta sobreactuó- un proceso de diferenciación para reafirmar los lazos con su propio electorado, que lo vota a él en las elecciones provinciales pero a Mauricio Macri en las nacionales.
Mantenerse como un actor político diferente del oficialismo nacional le permitirá al PJ cordobés, concluyen en la Provincia, conservar las chances de retener el poder en 2023, la fecha que realmente le interesa a Schiaretti.
El gobernador podría haberse mantenido como un socio algo distante de Alberto si el propio Alberto hubiese construido un poder propio y, sobre todo, un perfil diferenciable del de Cristina. Sin ese último elemento, sin al menos una atenuación de la carga kirchnerista, la unidad electoral sólo podía derivar, dicen en El Panal, en un suicidio político y en una aceptación de que el ciclo de Hacemos por Córdoba en la provincia llegaría irremediablemente a su fin. Y si hay un concepto que ha incorporado el PJ cordobés de Schiaretti y De la Sota es que el poder se ejerce pero, sobre todo, se preserva.
En el Frente de Todos hay dos vertientes. Una que le cierra por completo la puerta a un acuerdo con el schiarettismo porque, sostiene, las diferencias que se han expuesto hasta ahora son tantas y tan profundas que impiden cualquier acuerdo en el corto plazo. Porque, además, le adjudican hasta una actitud de predisposición negativa a Schiaretti con respecto a Fernández. En una nota con este diario, el senador Carlos Caserio señaló que, cuando aún formaba parte del equipo de Hacemos por Córdoba, recibió instrucciones precisas de Schiaretti de preservar la gobernabilidad a rajatabla y de facilitarle siempre el quorum a la gestión de Macri. Esa misma institucionalidad y republicanismo no están tan afianzados ahora que gobierna el Frente de Todos, precisa Caserio.
La distancia entre el oficialismo nacional y el provincial no siempre fue tan notoria. Río Cuarto es un ejemplo. La alianza que hoy se considera poco menos que inimaginable se concretó en la ciudad, con un resultado favorable. ¿Por qué no podría repetirse el mismo esquema? Primero, el contexto era otro. Cuando el acuerdo se cerró Río Cuarto era tan antikirchnerista como lo es hoy;sin embargo, la ventaja que llevaba Juan Manuel Llamosas sobre sus competidores era tan abultada que el peronismo podía darse algunos lujos. Como la realidad cambió -y vaya si cambió- justo en el medio, las diferencias a favor del intendente terminaron siendo mucho más ajustadas de lo que se preveía. Pero la alianza se configuró antes del Covid, antes de que los oficialismos salieran tan castigados, antes de que el país se volviera un infierno para Fernández y antes de que el propio Presidente tomara el rumbo que tomó. El schiarettismo al principio consideró que el frente electoral de Río Cuarto era una prueba piloto potencialmente traspolable a la provincia.
El desarrollo de los acontecimientos obturó ese camino.
No obstante, en el Frente de Todos hay una línea que explora la posibilidad de un acuerdo. Que podría ser explícito, una opción de escasas chances de concreción actualmente, o soterrado.
Quienes impulsan ese esquema admiten que, tal vez, por las características del electorado cordobés, sea más pertinente no mezclar las listas. Que unos vayan por un lado, a captar a su electorado, y que otros conserven el propio. Pero pretenden que, aún así, incluso si fueran por caminos separados, esa división no sea fruto de una pelea sino de un acuerdo.
La matemática no siempre se aplica a la política y, quizás, separados sumen más que juntos.

