A un año del inicio de la cuarentena, cuando Argentina se paralizó ante el avance de la pandemia y se desencadenó un proceso dramático que intensificó y ramificó una crisis que ya era profunda, el coronavirus sigue mostrando los dientes. La amenaza no se ha disipado, ni aquí ni en el mundo, sino que parece haber recobrado fuerzas y está castigando, a veces por negligencias propias o directamente por necedad, a países tan cercanos como Brasil o Chile.
Argentina llega al otoño con una triple intranquilidad:el frío empezará a manifestarse, la responsabilidad personal para prevenir los contagios se ha relajado y, fundamentalmente, los pronósticos de una vacunación masiva fueron desmentidos por la realidad. Las dosis no llegan, las entregas se demoran y los argentinos, que en un principio parecían sentir cierto recelo ante la inmunización, ahora se muestran dispuestos a recibir lo que no aparece.
El gobierno de Alberto Fernández no dispone de noticias alentadoras en el plano sanitario, como tampoco las tiene en el económico. La inflación, que se atenuó el año pasado por la inmovilidad de la pandemia, no da tregua principalmente en los alimentos.
Y mientras esos dos grandes frentes, capaces de desmoronar cada uno por sí mismo a un gobierno, permanecen irresueltos, la política sigue su propio camino. La gestión de AlbertoFernández se enfrenta a la inminencia de una elección de medio término que puede ser decisiva. Y, por ahora, los índices de imagen no lo acompañan. Según el último sondeo nacional de la consultora Zuban Córdoba y Asociados, la desaprobación de gestión orilla el 60 por ciento.
El mismo sondeo le otorga al gobernador Juan Schiaretti el 62,4 por ciento de aprobación contra el 35,5 por ciento de imagen negativa. El mandatario pretende que 2021 sea un año de reafirmación de su liderazgo interno y de confirmación de su contrato electoral con un sector amplio de la población. Ese objetivo, entiende el schiarettismo, es incompatible con la posibilidad de llegar a la elección con un acuerdo explícito y una lista única con el kirchnerismo.
Esa convivencia electoral que el año pasado se daba por sentada, ahora parece cada vez más lejana.
Schiaretti aspira a que 2021 sea la base de 2023, con Hacemos por Córdoba representando al electorado que lo ha votado desde 1999 y que es la contracara del kirchnerismo. En ese contexto, prefiere perder diputados -pone tres en juego- que ver afectado el capital simbólico y político del PJ cordobés. Pero el gobernador además busca seguir siendo la figura más gravitante del peronismo provincial y ostentar la persistencia de su dominio sobre el territorio. Y lo territorial está ligado a las intendencias, al poder local.
El schiarettismo ha configurado sus propias características en el ejercicio del poder. Y una de ellas es ser inflexible con la exigencia de las lealtades.
El domingo pasado, en esta columna, se consignó que la relación entre el gobierno de Schiaretti y el de Juan Manuel Llamosas no estaba pasando su mejor momento, que en el Palacio de Mójica sonaban reproches por haberse visto obligados a otorgar al sistema de transporte un subsidio mensual de casi 2 millones de pesos, y que existía la decisión de mantener al llamosismo en una posición de equidistancia entre el schiarettismo y la Casa Rosada y de decidir la estrategia política una vez que esté esclarecido el escenario de alianzas o la inexistencia de ellas en las elecciones de este año.
Esa información motivó que los teléfonos sonaran y se oyeran quejas desde Córdoba. Y si bien el Municipio está recibiendo obras del gobierno nacional y tiene una aceitada relación con algunos funcionarios, su dependencia principal es con el schiarettismo.
Por eso no es casual que en las últimas horas el intendente Llamosas haya reafirmado expresamente su pertenencia al proyecto provincial. Así buscó despejar dudas y aquietar las inquietudes que enrarecieron el clima con la gestión provincial. “Qué duda cabe, somos parte del mismo equipo con el gobernador”, dijo Llamosas en la entrevista con este diario.
El intendente quiso reafirmar su pertenencia y ser explícito a la hora de definir en qué equipo va a jugar. Además, lanzó dos definiciones que también apuntaron a reencaminar la relación con el schiarettismo. Por un lado, asumió como propia la decisión de subsidiar el transporte, a pesar de que su gestión siempre había sido contraria a contribuir al sostenimiento del sistema urbano. Y la justificó con el argumento de que, con el subsidio, el aumento del boleto que está definiéndose en el Concejo Deliberante será menor al que hubiera sido.
Por otro lado, también opinó de los biocombustibles y se ubicó del lado de Schiaretti y su equipo, que vienen reclamando públicamente que se prorrogue la ley que les da a las empresas del sector, asentadas en gran número en Córdoba, cupo y mercado, precio y previsibilidad.
No se trata de cualquier tema:es sobre el que cabalga el schiarettismo para recuperar su relación con la agroindustria y los empresarios, que se había resquebrajado cuando los diputados del PJ cordobés aprobaron, entre otros proyectos, la creación del impuesto a la riqueza.
Schiaretti reafirma sus alianzas; Llamosas restaura las suyas.
El intendente acaba de transitar -el mismo día que la cuarentena cumplió un año- los primeros 100 días de su segunda gestión. La noche en que festejó su triunfo, el 29 de noviembre, dijo en el predio de Estudiantes que se iniciaba la etapa de Hacemos por Argentina, en lo que se entendió como la inauguración discursiva y simbólica de un tiempo de entendimiento entre el PJ de Córdoba y el kirchnerismo.
Aquella frase parece hoy lejana.
En los 100 días que pasaron desde su segunda asunción, la gestión de Llamosas estuvo atravesada por una convocatoria al diálogo que parece haber trascendido la foto, por una serie de anuncios de obras públicas en un contexto económico y financiero complejo y por el escándalo del médico trucho Ignacio Martín.
El intendente intentó construir una agenda propia, centrada en la gestión;así buscó ir disipando los efectos del inefable falso doctor. Se encontró al frente con una oposición menos abúlica que la que tuvo en su primera gestión;al fin y al cabo, fue el radicalismo el que reveló las andanzas de Martín y, desde entonces, ha mantenido el tono alto y la crítica áspera.
Llamosas le ha dado a su segundo mandato una función política de proyección provincial. Pero en los primeros 100 días, la realidad lo ha obligado a mantenerse puertas adentro.

