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Un horizonte que marque un rumbo y ordene expectativas

La pandemia y la profundización de la crisis económica quitaron visibilidad y el Gobierno no logra despejar algunos interrogantes clave. Hoy habrá otra marcha, para sumar confusión

Hay ruido a ruido. La canción de Joaquín Sabina se parece mucho a una descripción de la realidad argentina que se monta sobre dos grandes bases: la crisis económica de arrastre y una pandemia que se expresa con fuerza en el ingreso del último trimestre del año, ya cuando la primera empieza a mostrar impacto fuerte en lo social.

Hay ruido en muchos planos y algunas sensaciones de aturdimiento que nublan el horizonte y lo tornan marcadamente incierto.

La compleja situación sanitaria está sin dudas complicando aún más las cosas. La escalada de contagios, ahora impulsados con fuerza desde el interior del país, y en particular provincias como Córdoba, Santa Fe, Tucumán, Mendoza, Río Negro, Salta, entre otras, jaquea la posibilidad de poner en marcha la actividad económica al menos como se la conocía hasta mediados de marzo. De hecho, las restricciones en esos distritos más alcanzados por el virus fueron la novedad del fin de semana tras los anuncios del Presidente, respaldado ahora por todos los gobernadores mediante una solicitada publicada ayer. Esta vez estuvieron todas las firmas.

Y justamente eso busca bajar uno de los tantos ruidos: el político. En la Argentina de las múltiples necesidades y desafíos, hay lugar también para debates y polémicas sin sentido que muchas veces consumen energías limitadas y útiles para resolver al menos alguno de los tantos problemas que hay sobre el tablero. Está claro que el país tiene un abanico de temas irresueltos que se fueron agravando y que parten de la base misma de las necesidades, como es la situación de indigencia, que es la extrema pobreza. Más del 10% de la población hoy no tiene garantizado un plato de comida con las calorías mínimas por día. Es un escándalo. Y otro 30,5% no puede cubrir los gastos mínimos de bienes y servicios y son considerados pobres. Y la cifra va en ascenso y los especialistas alertan que posiblemente sea mayor a esta altura porque esos son datos oficiales del Indec que computa un promedio del primer semestre. Pero el final de ese período, claramente no tiene mucho que ver con el comienzo. Por eso, desde el Observatorio de la Deuda Social de la UCA afirman que en realidad esa cifra es más alta y posiblemente llegue al 46%.

De todos modos, el número es un promedio, y al interior se incluye una peor situación para los estratos más jóvenes de la población: la pobreza fue de 56,3% entre menores de 15 años; de 49,6% en personas de 15 a 29; de 36,2% en las de 30 a 64; y de 11,4% en mayores de 65. Aun tomando esos datos del Indec, la mayoría de los jóvenes de menos de 15 años no cubren las necesidades básicas en Argentina. El mismo impacto se observa en el mercado laboral, con un nivel de desocupación que alcanzó el 13% según el Indec, pero fuertemente influenciado por la escasa actividad y la poca búsqueda laboral que se registró en los peores meses de la pandemia. Si la tasa de actividad se hubiese mantenido en los mismos niveles que antes del 20 de marzo, la desocupación transparentaría un porcentaje cercano al doble.

Por eso sigue llamando la atención el despilfarro de atención en objetivos que podrían esperar para luego de sortear esta complejísima actualidad. En medio del ruido generalizado, se meten nuevos ruidos, se dividen energías y se baja efectividad. Pero además aumentan la sensación de falta de horizonte y reducen la percepción de certezas. Es difícil establecer cuáles son las prioridades de gestión y por qué se abren tantos frentes simultáneos cuando en medio de la crisis económica, social y sanitaria, se debería concentrar los esfuerzos en atender lo urgente. En medio del ruido hoy no está claro si es más relevante el destino del juez Bruglia, un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, el pequeño pero influyente mercado del dólar blue, una etapa más del IFE, la calificación al gobierno de Maduro o el avance de la pandemia.

Es necesario que la gestión de Alberto Fernández -él y sus ministros- puedan delinear un sendero que permita ordenar el caótico escenario. Tiene que alumbrar para algún lado y marcar coordenadas, para empezar a despejar dudas y alentar pequeñas certezas.

Porque además, el desorden alienta la usina de las versiones y rumores, y muchos, en ese contexto, suenan verosímiles aunque no sean ciertos.

En la vereda de enfrente tampoco hay claridad. De hecho hoy habrá una nueva movilización a la que se califica como de “oposición al Gobierno” y está alentada por sectores políticos adversarios del Frente de Todos. Pero esas manifestaciones enarbolan consignas como institucionalidad, división de poderes, República, contra la corrupción. Nada demasiado original ni que permita encontrar soluciones a los problemas vigentes, muchos de los cuales vienen de larga data y atravesaron varios gobiernos.

Por eso, ninguna de las últimas gestiones puede mirar para el costado o hacerse la distraída. Por caso, el dólar es un mal crónico frente al que la mayoría sucumbió. De hecho, mientras algunos buscan la raíz del conflicto nacional con la moneda norteamericana, en el libro “Dólar, historia de una moneda argentina”, Mariana Luzzi y Ariel Wilkis repasan desde la Sociología los complejos motivos que impulsan esa obsesión nacional. Y entre las cuestiones que relatan, explican que debieron ajustar su investigación ni bien comenzaron porque pusieron el foco en la década del ‘70 como punto de partida y luego advirtieron que ya Uriburu, en el primer gobierno de facto, tuvo que implementar el primer control de cambios. Noventa años después, el país tiene el mismo problema y al control de cambios implementado por Macri, Fernández le tuvo que dar dos vueltas para no perder las últimas reservas, y la historia aún no terminó. Pero peor aún es la comparación con la historia en el plano social. En los ‘60 la pobreza rondaba el 5%, lo que muestra un deterioro dramático del entramado social argentino en las últimas seis décadas.

Hoy la pandemia alimenta la confusión y limita las acciones, pero lejos de paralizar debe motivar un mayor esfuerzo por evitar la inercia. Ayer, el destacado psicólogo Luis Salamone explicaba que en este contexto se advierte mayor cansancio, fastidio y sensación de peligro por la pandemia. Los argentinos suman al cóctel una profunda crisis económica que les impide ver más allá del hoy. Por eso es necesario mostrar algún horizonte, más cuando los temores de más dificultades y el fantasma de la inflación siguen rondando.