Opinión | Sergio Massa |

El contraste de Schiaretti

El gobernador se lanzó a nivel nacional con un discurso que opera por oposición: se presenta como todo lo que el kirchnerismo no es. En el Congreso, peligra el Presupuesto que necesita Massa

“Mirá, me estoy matando para tratar de acomodar un poco este quilombo. Si me joden, me voy y listo”. Sergio Massa negocia personalmente con los bloques opositores mientras padece el caos de funcionamiento del Frente de Todos. El ministro de Economía necesita el Presupuesto; es una condición indispensable para que el acuerdo con el FMI siga en pie. Pero mientras él cede para conseguir votos en Diputados, La Cámpora y el cristinismo hacen lo contrario.

Massa usa entre los opositores el mismo mensaje que le habría enviado a Máximo: sin Presupuesto no está dispuesto a seguir. Pero Máximo y los suyos están desplegando una estrategia similar a la que usaron hace un año, cuando llevaron la tensión a un punto de no retorno e hicieron naufragar las negociaciones. En la oposición observan cómo el oficialismo se debate entre dos movimientos contrapuestos: unos buscan desesperadamente la aprobación del Presupuesto; otros incorporan a último momento artículos cargados con ojivas nucleares.

El Frente de Todos es un organismo complejo y caótico, siempre voluble. Hubo un acuerdo, tenue y ahora evidentemente breve, para evitar que el país y el gobierno estallaran por el aire en ese tiempo en que se fue Martín Guzmán y se evaporó Silvina Batakis. Pero esa tregua parece una cuestión del pasado. El terreno de confrontación ahora es el Presupuesto. La Cámpora ya ha planteado públicamente que el acuerdo con el FMI está caído por la imposibilidad de seguir profundizando el ajuste; por lo tanto, insinúa que mal podría votar un proyecto fundamentado en ese pacto. De ahí que nadie dé por descontada la actitud final de la agrupación comandada por Máximo: ¿votará en contra o sólo está ejecutando un ejercicio discursivo destinado a no defraudar a su electorado?

En la oposición ven no sólo la mano del primogénito en el complejo panorama que se ha abierto en el Congreso: también la perciben a Cristina. Encuentran su sello en el artículo que se incorporó para que los jueces empiecen a pagar Ganancias. ¿El concepto es justo? Indudablemente. Pero en política gravitan los tiempos y las oportunidades: el oficialismo no está en condiciones fácticas de ganar esas batallas ahora.

“Es una represalia de Cristina contra los jueces pero sobre todo contra Alberto”, detalló un legislador opositor.

Al origen de la represalia hay que buscarlo en el Coloquio de Idea, cuando el Presidente desafió a los empresarios a decir si en su gobierno alguna vez les pidieron un peso para una obra pública. “Si algo no pueden acusarme es de ser corrupto”, pareció decir el jefe de Estado. Esa frase no le habría caído precisamente simpática a Cristina, que enfrenta en la causa Vialidad la posibilidad de una condena a 12 años de prisión.

Ante un oficialismo tan problematizado, Massa sondea a la oposición. Juntos por el Cambio, envuelto en su propia interna descarnada, se inclinaría mayoritariamente, a excepción de sus elementos más radicalizados, por aprobar el Presupuesto en general y rechazar los artículos polémicos en particular. Lo mismo haría el Interbloque Federal, donde está incluido el schiarettismo.

Sin embargo, nada es seguro ni estable. La oposición desconfía del kirchnerismo. Ayer, en un tuit, el jefe de Córdoba Federal en Diputados, Carlos Gutiérrez, lanzó una sospecha: “El Frente de Todos ¿quiere o no un presupuesto?”.

En esa dinámica, en la que Massa ansía asegurarse en la vereda de enfrente los votos que no tiene en la propia, la oposición consigue algunos resultados. El schiarettismo, por ejemplo, impuso la actualización automática de las remesas que reciben las Cajas de Jubilaciones. Además se le garantizó al transporte del interior una partida adicional de 13.500 millones de pesos para lo que queda del año y de otros 39 mil millones para 2023. En esa movida actuó articuladamente con Juntos por el Cambio.

Pero, en paralelo, el schiarettismo desplegó una estrategia para diferenciarse de la principal fuerza opositora. En las últimas horas cuestionó su postura sobre las retenciones y acusó a Cambiemos de legitimar el mecanismo.

Schiaretti alimenta esa diferenciación en su intento por avanzar en un armado nacional. La semana pasada, el gobernador estuvo en la Universidad de Buenos Aires, un territorio políticamente controlado por un sector del radicalismo, y allí pronunció un discurso en el que enumeró los principios fundamentales de lo que él llama el “modelo Córdoba”. Planteada en el plano nacional, esa caracterización actuó por contraposición: cada cualidad que describió Schiaretti pareció seleccionada en función del Frente de Todos. Córdoba es la contracara del kirchnerismo, dijo sin decir el gobernador. Pero también puede entenderse como un mensaje hacia Juntos por el Cambio, que está nucleado en torno a un antikirchnerismo que lo identifica pero a la vez lo limita: sabe lo que no es pero no lo que quiere ser.

Schiaretti dijo que en Córdoba hay sensatez, previsibilidad, cuentas ordenadas, clima propicio a la inversión, reglas claras. En ese punto, buscó transmitir que en la provincia impera una racionalidad que no se encuentra en el kirchnerismo, pero tampoco en los extremos de Juntos por el Cambio. De ahí que le haya hecho un guiño expreso al radicalismo: lo convocó para armar una nueva opción para 2023 a nivel nacional.

En lo político, acusó al kirchnerismo de tener preso al peronismo nacional y dijo que la última vez que el país salió de una crisis similar a la actual fue en el 2002, cuando Duhalde y Alfonsín se pusieron de acuerdo. En ese punto aparece un elemento no repetible: hoy no hay dirigentes que unifiquen la representación del oficialismo y la oposición. En el Frente de Todos y en Juntos por el Cambio coexisten liderazgos múltiples y muchas veces contradictorios. Schiaretti sostiene que esa atomización no puede solucionarse por dentro sino por fuera: unificando en un nuevo armado elementos moderados de la política. Habla fundamentalmente con radicales y en las últimas horas se mostró con Roberto Lavagna.

En el schiarettismo señalan que el gobernador está lanzado pero que irá midiendo los tiempos: el escenario nacional es un terreno inestable en el que la crisis lo atraviesa todo y actúa como una mancha que afecta no solamente al oficialismo sino a la política como sistema. Sólo hay que revisar las encuestas para comprobar que la desaprobación es profunda para los dirigentes oficialistas pero no muy diferente para los opositores.

El mismo cuidado por los tiempos exige el gobernador hacia adentro, en la provincia. Pretende que nadie se enfrasque en posicionamientos sino que los intendentes y funcionarios se dediquen a gestionar. Ahí hay una lectura de la crisis pero también expresa el objetivo de monopolizar la estrategia: Schiaretti definió que la campaña para la gobernación se iniciará el 3 o el 4 de noviembre, momento en que quedará oficializada la candidatura de Martín Llaryora. Desde ese momento, la carrera por el 2023 estará en marcha.