En términos administrativos, la medida implica que el Estado Nacional retira el "destino" específico a siete hoteles y 50 bungalows. En términos humanos, para los habitantes de Embalse y la región, es el inicio de un capítulo de profunda incertidumbre sobre el patrimonio que les dio identidad, trabajo y orgullo durante casi ocho décadas.
Para entender la magnitud de lo que hoy está en juego, hay que viajar a 1944. Bajo la mirada obsesiva del general Juan Pistarini, se comenzó a gestar un proyecto que parecía una utopía: convertir el descanso, hasta entonces un privilegio de las élites que frecuentaban Mar del Plata o las sierras exclusivas, en un derecho de la clase trabajadora.
Inaugurados formalmente entre 1947 y 1951, los hoteles de Embalse fueron, en rigor, los primeros "all inclusive" de la Argentina. Por una cifra simbólica, un obrero y su familia accedían a una arquitectura "californiana" de muros blancos y tejas españolas, rodeada por un bosque de 800.000 ejemplares plantados a mano. Tenían cine, teatro, servicios médicos las 24 horas, comedores monumentales con vajilla grabada y piletas que miraban al lago. Eran la materialización de la movilidad social ascendente: el hijo del peón desayunando frente al mismo paisaje que los dueños de la tierra.
Aquel ícono, que supo albergar a miles de turistas simultáneamente, sufrió el desgaste de las décadas y, sobre todo, del abandono político. En los últimos años, hubo intentos por devolverle el brillo. Durante la gestión del presidente Alberto Fernández, se inyectaron inversiones superiores a los 1.000 millones de pesos para recuperar los Hoteles 2 y 7. Se cambiaron cañerías, se instalaron ascensores y se modernizaron sanitarios, permitiendo que la mística del turismo social volviera a latir, aunque fuera a media máquina.
Hoy, la resolución de la administración de Javier Milei marca un cambio de paradigma. Al declarar al complejo como un bien “sin destino”, el Gobierno abre la puerta a la enajenación, venta o concesión a privados. El argumento oficial es la "racionalización" del patrimonio inmobiliario estatal, considerando que el uso actual es "irrazonable" o "subutilizado".
La UTE no es un lote cualquiera. Desde 2013 es Monumento Histórico Nacional. Esto impone un cerrojo legal que el nuevo propietario, si lo hubiera, no podrá ignorar: cualquier intervención debe ser autorizada por la Comisión Nacional de Monumentos. El texto de la resolución es claro: se debe preservar el entorno de pinos, los senderos y la calidad constructiva de primer nivel que Pistarini grabó en el ADN de la piedra y el ladrillo visto.
Sin embargo, la preocupación mayor radica en el impacto social. La Unidad Turística es, históricamente, una de las mayores fuentes de empleo directo e indirecto en el departamento Calamuchita. Mozos, mucamas, personal de mantenimiento, proveedores de alimentos y servicios médicos de la zona dependen de que esos motores sigan encendidos.
La resolución dictamina que, por ahora, los inmuebles permanecerán en custodia de la Secretaría de Turismo y Parques Nacionales hasta que se determine su destino final. Es decir, los organismos deben seguir pagando la vigilancia y el mantenimiento, pero ya no tienen el "manejo" estratégico de las tierras.
Queda una excepción que añade una cuota de suspenso político: el Hotel N° 1, que desde 2018 tiene un permiso de uso a favor de la Provincia de Córdoba. ¿Será este el modelo a seguir? ¿O presenciaremos la privatización total de un predio que fue la "nave insignia" del bienestar social?
Todos en Embalse hoy miran hacia la costanera con una mezcla de melancolía y alerta. Si el mercado toma las riendas, la pregunta que flota sobre el Embalse de Río Tercero es si los hijos de los trabajadores argentinos podrán volver a ver el amanecer desde esas ventanas de hierro forjado, o si el complejo quedará reservado, una vez más, solo para quienes puedan pagar el precio de la exclusividad.
La historia de los hoteles de Embalse es la historia del país: de la grandeza constructiva al olvido, de la reactivación esperanzada a la incertidumbre del remate. Por ahora, el gigante espera. Y Embalse, con él.